lunes, 23 de abril de 2012

LA PRIMERA VEZ QUE ME HICE UN PENDIENTE


            Era invierno, un frío invierno, y yo paseaba por las calles de Madrid en dirección a mi destino, la joyería de al lado de mi casa. A decir verdad, no tenía mucha idea de hacia dónde estaba yendo, es más, juraría que di tres o cuatro vueltas a las mismas calles con tal de hacer un poco de tiempo. Iba pensando mientras pisaba los duros adoquines de las calles, pensaba en el día que todo había comenzado. No me acuerdo muy bien cómo ni por qué decidí hacerme aquel pendiente. Me acuerdo solamente de la cara de mi madre al pedirle, con mucho tacto, su consentimiento. Se lo había tomado con mucha calma, ahora que me acuerdo. Volviendo a mi historia, decidí que era el momento de superar mis miedos. Ciertamente, nunca me han gustado mucho las agujas, por no decir que siempre les he tenido un terror tremendo, hasta el punto de quedarme paralizada con la simple idea de que me tenía que agujerear la oreja. A medida que pasaba el tiempo, mientras lo perdía, mejor dicho, paseando por la calle, me daba cuenta de que mi historia era de lo más irónico, pues había sido idea mía el hacerme un agujero. Os preguntareis por qué, pues porque sí es una de las razones, aunque claro, según el resto de la población el famoso “porque sí” no tiene mucho valor, pero es que realmente no había otra razón, aparte de que me encantaba como quedaba en otras personas. Además se suponía que al hacérmelo iba a ser en parte, como una victoria personal; me sentía débil, aunque a mucha gente le diesen miedo las agujas. Dejé esos pensamientos apartados en mi mente y me dispuse a dejar la mente en blanco para finalmente decidirme a entrar en la joyería.
Recuerdo que el primer paso fue el peor, sin duda, pensé que me iba a caer, pero me sobrepuse a esas ganas de volverme y salir corriendo por la puerta atravesada hace un momento, pero seguí andando: un paso, otro paso, y un último paso hasta poder apoyarme en el mostrador de la tienda. Me atendió una señora que amablemente me dijo que me sentara en una silla en una especie de sala, al decirle lo que tenía pensado hacerme. La pobre mujer debió de pasarlo muy mal, porque yo no paraba de repetirme una y otra vez que me pusiera más calmante. Pero al fin ocurrió. Un pinchazo, un pinchazo enorme pero muy corto. Abrí los ojos lentamente, y me encontré a la mujer sonriéndome y sosteniéndome un vaso de agua que me ofreció. Alucinada, me lleve la mano hasta mi dolorida oreja donde descubrí que había un nuevo pendiente, adornándola. Contenta, salí de la tienda con una victoria más sobre mí. Para vosotros puede que no tenga ninguna importancia, pero para mí sí que lo tuvo. Y pienso en la historia y me río, pensando en lo irónico de mi situación: resulta que ahora estudio enfermería. 

martes, 10 de abril de 2012

Mi primera vez.


La verdad, es que al principio no estaba muy convencido, pero ya que íbamos a ir de todas formas, me resigné y subí al coche. Con un poco de suerte encontraba algo más divertido que hacer en el campo que no fuera matar moscas y mirar cómo se mueven las agujas del reloj.
Mis padres habían decidido pasar en fin de semana en el campo, en una parcela que teníamos alquilada desde hace tiempo, aunque no vamos con mucha frecuencia. El viaje es muy aburrido, y ni siquiera puedo escuchar música a gusto, ya que los baches del camino son enormes, lo que también es una molestia si quieres dormir un rato. Llegamos sobre las once de la mañana, y por suerte no hacía demasiado calor. Nos comimos unos bocadillos y salimos de paseo por los alrededores. Mi hermana pequeña se lo pasaba en grande, pero en lo que respecta a mí, eso era una forma estupenda de malgastar un fin de semana.
Pasamos por un recinto, que me llamó la atención, ya que había gente montando a caballo. Parecía lo más interesante que se podía hacer en ese lugar, así que no dudé en pedirle a mi padre que nos acercáramos a ver si podíamos dar el mismo paseo, pero montados a caballo. A él le pareció genial, pero mi madre, que es un poco torpe decidió quedarse en tierra junto con mi hermana, y de esa forma, en veinte minutos ya estábamos listos para salir al galope, aunque yo en mi vida había montado en un bicho de estos, vamos, lo más parecido era un poni, que monté cuando tenía ocho años, en una feria
Por suerte, mi montura era muy mansa, y no me dio problemas de ningún tipo. Caminamos unos cuantos kilómetros, y realmente era una sensación muy agradable, tanto, que me daba un poco de pena por mi hermano, que estaba de excursión con el instituto, e iba a pasar unos días fuera.
La mejor parte fue cuando llegamos a una pradera, bastante amplia y despejada, y no pude evitar soltar un poca las riendas, para acelerar el paso y recorrer toda la pradera a galope. Fue genial: el viento en la cara, la sensación de velocidad, sentir cómo se te acelera débilmente el corazón… era muy emocionante. A punto estuve de caerme, pero solo fue un susto sin importancia, nada que me arruinara la experiencia.
Llegó la hora de comer, y tuvimos que dejar los animales en sus establos. Me molestó bastante, pero me animaba la esperanza de poder volver a montar mañana, o esa misma tarde si lograba escaparme de mis padres y sus aburridas “actividades rurales”.
Pese a todo, se podría decir, que valió la pena en viaje.

La primera vez


Dentro de poco me tocaría a mí, quedaban dos personas. Cada vez me estaba poniendo más nerviosa y no podía relajarme y disfrutar de las obras que tocaban mis compañeros. No era algo nuevo: había tocado en conjunto, con más gente, en alguna audición ya, y también había tocado delante de gente yo sola, pero aún así me ponía siempre muy nerviosa y tensa.

Las manos me sudaban, la viola se me resbalaba y decidí dejarla en el estuche hasta que llegara mi turno, no paraba de mover la pierna y de abanicarme con el programa de mano y estrujarlo.

Miraba a mi profesor de vez en cuando, que no quitaba la vista de la persona que estaba tocando, luego paseé la mirada por el resto de la sala observando las caras de los familiares, amigos y profesores que estaban escuchando con atención aunque un poco cansados ya porque se estaba alargando bastante la audición y hacía calor... ¿o era sensación mía? No sé, el caso es que veía que me iba a equivocar y me iba a salir mal como las otras veces, estaba demasiado nerviosa.

De pronto aplaudió todo el mundo. Había terminado la chica que iba antes que yo. Era mi turno. Me levanté, cogí el instrumento y las partituras, las coloqué en el atril, afiné, miré a la pianista que me iba a acompañar, me sonrió y me tranquilicé un poco, di la entrada y empezamos a tocar.

Mientras tocaba notaba como mis dedos iban solos, no tenía que pensar casi, entonces decidí relajarme más y dejar que pasara lo que tenía que pasar. Sin darme cuenta acabé. No sé si me habría equivocado en alguna nota, pero me daba igual, la gente me aplaudía contenta (no sé si porque lo había hecho bien o porque ya quedaba menos para irse, pero aplaudía). Ya no estaba nerviosa, ahora me podía volver a sentar en mi silla a escuchar cómo acababa el concierto. Estaba feliz. Miré a mi profesor, me sonrió y asintió haciendo un gesto de aprobación.

Ésta fue la primera vez que toqué en el conservatorio en una audición de solista y en la que salí con una sonrisa, porque siempre que había tocado había terminado con una sensación de insatisfacción conmigo misma porque me había equivocado o no había pensado en lo que tenía que pensar o la técnica no me había salido... Por una vez estaba contenta con el resultado y no simplemente con el hecho de habérmelo quitado de encima.

martes, 27 de marzo de 2012

EMPAPADO EN TINTA ROJA


La primera vez que mueres es sin duda la más difícil, en la segunda ya sabes lo que te espera, en la tercera simplemente cierras los ojos y te mueres y a partir de la quinta te sobra tiempo incluso para despedirte. Pero la primera vez que mueres con los nervios, el dolor y la angustia se te hace interminable, o al menos ese fue mi caso.


Me encontraba en una redada de narcotraficantes; hace 6 meses pillamos a uno de la banda y habló con cierta facilidad y desde entonces estuvimos buscando pruebas que respaldaran el alegato del camello y que a su vez culparan a todos los miembros de la banda y hoy era el gran día. Era de noche ya pasadas las 2 de la madrugada, entramos por la puerta trasera con el mayor sigilo posible, pero ya nos esperaban, solo oía tiros y a gente gritar -¡quietos, soltad las armas! decía uno de mis compañeros -¡quítamela! respondía un narco rápidamente. Mi misión era la más arriesgada, detener al cabecilla, que desde luego no era fácil. Tenía la sensación de que cuanto más cerca estaba del jefe más disparos iban contra mí, a mitad de camino paré detrás de una columna a recargar, ese fue mi mayor error en mi prestigiosa carrera policial. Nada más agacharme para recargar sentí el frío cañón de una pistola apuntándome a la cabeza, y no era ni más ni menos que el narco que estaba buscando ¿irónico no?. Tragué saliva, cerré los ojos y oí un disparo... Mi compañero Mendoza, que en esa misión era mi apoyo, realizó perfectamente su trabajo, disparando en la cabeza al jefe de los narcos y salvándome la vida. Una vez muerto el jefe sus subordinados se rindieron con facilidad, misión cumplida.


Si hubiera podido elegir habría preferido ese momento para morir, como un héroe. Por desgracia mi muerte fue algo más patética, después de aquella misión me tocaba turno como policía de tráfico y paré a un coche con el faro roto ¿os imagináis el final ?. Resultó ser el coche de un camello que en lugar de coger los papeles del vehículo como le indiqué, cogió su pistola de la guantera, me disparó en el pecho y aceleró hasta perderme de vista. Dada la situación no sabía qué hacer, mi mente estaba en blanco pero mi cuerpo esta rojo y húmedo por la sangre que chorreaba por mi pecho; Después de reaccionar y pedir ayuda por la radio sentí cómo poco a poco dejaba de respirar, como el dolor en el pecho se hacía cada vez más grande, cómo mis brazos y piernas dejaban de reaccionar por la falta de riego de sangre y cómo en cuestión de minutos, el asfalto de mi alrededor se llenaba de mi sangre. Sabía que no llegarían a tiempo por muy rápida que fuera la ambulancia; fue lo único que pude sacar en claro en esa dolorosa situación. Aunque me cueste admitirlo, el poco tiempo que tardé en morir y los nervios del momento hicieron que no me acordara de mi mujer y de mi hija, solo pensaba en que iba a morir y esa idea me destrozaba el alma.

Empecé a sentirme cansado, cansado de luchar, cansado de intentar sobrevivir, así que lentamente mientras mi visión se apagaba, mi oído enmudecía y mi cuerpo dejaba de responder, acepté la realidad; me tumbé soportando los dolores que implica recibir un disparo y esperé mi muerte, y aunque fue bastante rápido, sí que me dio tiempo para ver la ambulancia llegar y a los médicos acercarse a mí. Intentaron reanimarme, pero yo sabía que no podían y como no podía hablar simplemente me limité a pensar: ` Adiós, gracias por intentarlo´ . Al terminar de pensar la frase mi corazón se paró y finalmente morí por primera vez.

Mi primera vez que...

           Cuando iba a subir estaba muy nervioso, demasiado. Muchas personas me dicen que es normal y que hay que superarlo puesto que es parte del encanto y del espectáculo. Cuando el presentador dijo nuestro nombre, subimos al escenario. En ese momento ya todo era confuso. Lo más agobiante, en genereal, es la sensación de que vas a hacer algún gesto mal o no vas a saber estar a la altura de lo que se espera de ti, eso muchos lo llaman vergüenza. Muchos no han subido nunca a un escenario, y mucho menos actuando o representado algo, esos muchos no pueden quejarse de tu forma de ser cuando te subes, porque todo el mundo se transforma encima de un escenario.
         Empezamos a tocar todos a la orden del director. En ese momento ya nada te importa, solo te concentras en tocar lo mejor posible, o eso dicen, porque yo desde luego no podía pensar y no podía dejar de tener miedo a equivocarme en alguna nota rápida o peor aún, en una nota larga. Entre una canción y otra siempre intento buscar a familiares o amigos en el público, pero la luz cegadora de los focos no permite a mis ojos fijarse en nada y mucho menos reconocer a nadie. A pesar de que se lo has repetido a tus familiares, siempre tratan de humillarme echándome cumplidos y piropos, aunque ellos no se dan cuenta.
         Lo peor con diferencia de cuando estás subido en el escenario es cuando te presentan, dicen tu nombre y aplauden. Ese momento incómodo en el que no sé cómo comportarme y casi siempre me acaba saliendo un gesto seco o muy ensayado. La mayoría de las veces opto por una sutil inclinación pero no deja de ser difícil aun teniéndolo planeado. Cuando terminé de tocar el último tema, salimos todos del escenario y la relajación irrumpe en tu cuerpo. En ese momento ya no te preocupas de cómo salió el concierto, te preocupas de las sensaciones y de cómo te lo pasaste en el escenario. La verdad es que en muchos de los casos se me hace muy corta la actuación, y aunque haya estado tocando casi una hora, siempre me quedo con ganas de tocar algún tema más. Así que de todas formas mi primera actuación, para un público, en un escenario, no fue tan mala o desastrosa como yo pensé que podría ser.

lunes, 26 de marzo de 2012

Mi primera vez


Empieza una nueva serie de escritos.

Los autores de 4A12 echan la vista atrás, recogen en breves líneas sucesos reales o inventados (¡qué más da!) sobre sus primeras veces y nos las ofrecen.

Veamos qué nos cuentan los artistas.

martes, 6 de marzo de 2012

Relato Carlos García

Eran las 8 de la mañana y como todos los días, a la vez que los rayos del sol iluminaban todas las calles y rincones de nuestra ciudad dorada, yo empezaba mis clases particulares de francés con mi tutor don Gerardo; era un hombre bastante recto y estricto, y no me pasaba una cuando no me sabía la lección. Aquel día volví a quedarme encerrado en el cuarto de estudio recibiendo lecciones de los mejores profesores españoles contratados por mi padre, el Duque de Medina-Sidonia Juan Guzman, un gran noble con muchas posesiones y señoríos en Andalucía, el cual era muy respetado por la aristocracia española. Era un noble de alta casta y muy rico,por lo que una de sus principales preocupaciones era garantizar la permanencia de nuestra familia en tal escalón estamental que ocupábamos desde generaciones; y puesto que yo, Luis de Medina, era su único hijo y, por lo tanto, heredero de la dinastía, quería formarme para convertirme en un gentilhombre de provecho.

Sim embargo yo cada vez estaba más harto de todo aquello, de no tener libertad de movimiento, de ir siempre con guardias por las calles de Sevilla captando la atención del pueblo llano y de recibir clases aburridas e interminables ; yo quería ver cómo era la vida sin ataduras, pudiendo caminar por las calles sin que ningún curioso te mirase , ir a la iglesia solo un día a la semana y poder casarme por amor, y no por sangre; sin embargo mi padre en siempre contestaba lo mismo: “ un hombre poderoso y con influencias como lo serás tú no debe preocuparse y mucho menos envidiar a esos desarapados muertos de hambre” y a esto añadía: “ Luis,en pocos años tu heredarás todo esto como lo hemos heredado todos desde generaciones; serás un hombre con mucho poder, nunca te faltará de nada, y con un poco de suerte puedes llegar a ser valido del rey; por lo que haz el favor y no pienses más en eso; si Dios nos hizo así fue por algo”. En eso tenía razón, pero aun así cada día observaba desde la ventana de mi habitación el jugar de unos mozos ; estaban sucios y vestían ropas rotas, pero parecían muy felices. A lo lejos divisaba la silueta de las casas y la torre de Giralda, cada vez más oscura por las garras de la noche, entonces comprendí que todo aquello debía cambiar.

Mi padre y yo tuvimos bastantes discusiones sobre el famoso tema los días posteriores, las cuales se fueron agravando a medida que pasaba el tiempo hasta que un día la actitud de mi padre cambió radicalmente:

“Puesto que no hay quien te saque esa idea de la cabeza me veo obligado a que la sociedad te la extirpe de raíz; a partir de mañana te mudarás y trabajarás en la ciudad como un campesino más” me dijo, y esa fue la última vez que le oí hablar. Y tenía razón, los meses que pasé trabajando como aprendiz de curtidor fueron los más duros de mi vida; la poca higiene hacía de aquel taller un verdadero infierno, y las herramientas rudimentarias fueron las responsables de mis posteriores problemas respiratorios. Fuera del taller, la cosa no marchaba mucho mejor; me tocó vivir en una pensión de mala muerte, en donde había muchos maleantes y mendigos que se agarraban al cuello de aquel que poseía unos recursos económicos ligeramente mayores a los normales.Cada vez más gente era llevada ante la justicia por evasión de impuestos, ya que su constante subida era impagable para la gran mayoría de gente pobre, y a veces sientía una gran tristeza al ver a guardias llevandose consigo a familias enteras.

Todo aquello me hizo reflexionar, sentía la necesidad de hacer algo por toda esa gente,pero si por ahora solo era un humilde curtidor que ganaba una miseria.Sin embargo unas semanas después recibí una horrible noticia: mi padre había muerto, y por lo tanto al ser yo su heredero me convertía en el nuevo Duque de Medina.Aquello no era para nada de mi agrado ya que yo aún era muy joven y no sabía cómo actuar, y me amargaba más el hecho de no haberme podido despedir de él; pero entre tanto pesimismo me surgió una disparatada idea que, aunque disparatada, podría resolver los problemas de aquella sociedad desigual: convertir Andalucía en un reino similar al antiguo Reino de Aragón, en donde yo ocuparía el trono, pero compartiría el poder con unas cortes, las cuales podrían contar con dos representantes del pueblo llano.

Tras un año de planificaciones,negociaciones,sobornos y perfeccionamientos con algunos oficiales ,el plan estuvo listo y, agravado por las insurrecciones en comunidades vecinas decidimos adelantar la fecha del golpe, comunicándoselo a la Capitanía General de Málaga (desde la que se iniciaría el levantamiento) mediante el envío de una carta urgente; pero de nuevo la suerte me dejó de lado, ya que la carta fue interceptada por un guardia real el cual cargó contra el cartero creyendo que este era un bandido, la enseñó a sus superiores y estos la enviaron a Madrid; las tropas del rey no tardaron en llegar y presentarse en mi señorío, llevándome preso a mí y a mis allegados al Alcazar de Segovia acusados de alta traición; de nada sirvieron las manifestaciones de los campesinos sevillanos indignados por aquel arresto, los cuales fueron duramentente reprimidos por las autoridades.

Durante los siguientes días fui sometido a toda clase de torturas y vejaciones (que me han dejado cicatriz) hasta el día del juicio, con Su Majestad y su valido presentes; mi final era evidente para todos, puesto que era lo mínimo que se podía esperar para alguien que había cometido semejante acto.Pero entonces Dios me dio una segunda oportunidad; gracias a las influencias que mi padre llegó a tener y al prestigio deshonrado de mi familia, Su Majestad Felipe de Austria( seguramente agobiado por todos los problemas por los que pasaba nuestro imperio) me condenó a destierro en el Nuevo Mundo para el resto de mi vida, y gracias a eso hoy os cuento mi historia; la de un noble adelantado a su tiempo.

lunes, 5 de marzo de 2012

IMANOL CARRO


Mi nombre es Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma.
Estoy intentando recordar los episodios más relevantes de mi vida, con el fin de aclarar mis ideas e intentar descifrar qué ha podido suceder para que ahora me encuentre en esta situación tan desagradable para mí.
Nací privilegiado, hijo del marqués de Denia y nieto de San Francisco de Borja. Tuve una educación impecable en la corte de Felipe II, donde aproveché para ganarme el favor del entonces heredero, Felipe III. Ya entonces comprendí cuál iba a ser mi función: sería el valido del rey, alcanzaría poder y gloria y todo el reino cumpliría mis órdenes.
Cuando Felipe III alcanzó el trono, mis habilidades y estrategia consiguieron alejar del rey a los cortesanos más influyentes del reinado anterior, trasladé la corte a Valladolid y puse a gente de mi confianza en los puestos de palacio más cercanos al rey. ¿Qué había de malo en ello? Por entonces yo tenía grandes proyectos, entre los que se encontraba acabar con los conflictos heredados de Felipe II.
El rey se mostraba indiferente y yo creo que era incapaz de gestionar la política española, por lo que cultivé la inclinación real por la caza, el juego y los deportes y así logré mantenerlo lejos de la actividad política, de la que yo me encargaba. Yo hice lo que debía hacer por el bien del reino. ¿Quién se atreve a decir lo contrario? Es verdad que, a la vez, conseguí amasar una gran fortuna, títulos, territorios y rentas. Pero, ¿no es eso, acaso, un premio que el reino me debía por mi labor? ¿Es que el rey disponía de menores rentas sólo por ir de caza y delegar todo en mí?
Logré firmar la paz con Francia, Inglaterra y Holanda. Esto me permitió reconstruir la economía interna y mejorar la situación del reino. Y expulsar a los moriscos representa un logro para la corona que mi inútil rey jamás conseguirá pagarme.
Sin embargo, mi actual tristeza no se debe a esas decisiones que aún creo correctas, sino a la desafortunada relación con mi hijo, el duque de Uceda. ¿Por qué es incapaz de entender que la paz nos favorece?   Siempre le he educado conforme a mis ideas y, sin embargo, creo que se está aliando con la reina contra mí. Intuyo que mi futuro será perder el favor de ese miserable y desagradecido rey al que represento.

domingo, 4 de marzo de 2012

Relato Alfredo Álvarez

No me gustan los días de mucho calor, el hedor de las calles de Madrid es casi inhumano, y aun así tengo que salir a la calle, hoy es el día.
Me escabullí de la pensión donde me alojo (sin el conocimiento del dueño) desde hace un par de años y fui a la Taberna que tantas veces  había sido de ayuda para sofocar mis penas y condolencias, torcí por la esquina donde algunas damas, nobles en belleza pero pobres en alma, realizaban su oficio por miserias que no les duraban ni tan siquiera un día y que a veces alegraban mis noches de borrachera , según la calderilla que tuviera suelta en ese momento.
Seguí caminado hasta que me encontré con el Palacio donde antaño mis padres habían trabajado cuando yo solo era un crío. Los recuerdos me atravesaban de un lado a otro de mi cabeza, como si dos cuervos estuviesen intentando salir de mi interior. No debí beber la noche anterior. Ensimismado en mis pensamientos y conjeturas internas no di cuenta del susodicho que en ese momento se acercaba hasta que por cercanía a mi persona y ese olor tan ambiguo que desprendía , le reconocí:
¡El supuesto poeta Luis de Góngora! Le miré con el mayor desprecio posible y luego le saludé, a pesar de no ser de mi agrado. Él correspondió el saludo con esa cara de pánfilo que siempre llevaba como un velo que cubría sus facciones marcadas y agrias, era como si no se diese cuenta de la realidad que le rodeaba, pobre ingenuo. Espero que hubiese visto mi pequeño poema que la noche anterior había dejado en la entrada de su casa. Me comentó algo sobre sus recientes obras e intentó criticar la más recientes mías, lo cual me resultaba interesante, no por el contenido de su palabrería sino por el intento de suavizar el acento que sus raíces cordobesas habían marcado desde su niñez a su habla, el cual era para mí una diversión constante.
Tras escucharle por unos instantes, le indiqué cuál era mi destino y seguí adelante; para mi sorpresa él cambió de rumbo y tuve que estar viendo su sombra de águila durante todo el trayecto. En el camino, también paré a saludar a algunos amigos y conocidos, reconocí a viejos amores del pasado que habían deteriorado mi interior progresivamente y escondí mi mirada a algún caballero al cual debía yo alguna suma de dinero.
Cuando llegué, ya había varios madrileños fanáticos de él esperando en la entrada y algunas damas que intentaban con todo su empeño entrar en donde solo el maestro podía. Pasaron algunas horas. El sol se durmió y la Luna apareció redonda, gris y escalofriante. Las lámparas se encendieron y las puertas ser abrieron, a pesar de que no fui el primero en entrar, no me importó. Me llamo Francisco y he venido a ver la más reciente obra de Lope.

jueves, 1 de marzo de 2012

El Ayudante del Duque de Lerma

                                                                                
Cuando llegué al puesto de ayudante, mi conocimiento sobre la corte española era casi nulo.
Mi señor Don Francisco Gómez de Sandoval y de Padilla, más conocido por la gente de a pie como el Duque de Lerma, estaba desempeñando en esos momentos su función como valido de nuestro rey Felipe III.

Su función, tal y como explicaba mi maestro en las clases de política actual que me suministraba cada poco tiempo, era la de tomar las decisiones de elevada importancia política en lugar del rey, algo parecido a como me lo aclaró padre:
-“El valido es, actualmente, la imagen más importante de nuestro reino. Para concretar, se diría que es él mismo el que gobierna en nombre del Rey”.

Por eso, al llegar al cargo de ayudante del Duque, tuve siempre en cuenta las palabras de mi padre y de mi mentor, tratándole con el respeto que merece el máximo mandatario político de España, pero sin llegar a confiar en él, pues, como decía siempre mi tío, al que llamaban el Asturiano, nunca se debía fiar uno de aquel que le está causando todos los problemas.

La visión del Duque era imponente, no tanto por su gesto y rostro con aspecto atormentado, sino por su gran capacidad para hablar sobre cualquier tema, por lo que sacaba de quicio a todo el mundo que le rebatía una sola palabra, fuera con buena o con mala fe. Esto conseguía que cuando me encontraba cerca de él, atendiendo una de las numerosas tareas que me encargaba realizar, me era imposible abrir la boca, salvo para responder con frases previamente aprendidas, como “Sí, señor”, o “Aquí tiene mi señor”.

Un día, cuando yo entraba en las dependencias del Duque para atenderle y aceptar sin reparo pero sin mucho humor sus tareas, lo encontré tumbado sobre la mesa de su escritorio, durmiendo aún con la pluma en la mano y con la cera de una vela extendida por parte de la gran mesa. Había una copa tirada en el suelo, y una notable cantidad de vino desparramado por el suelo, formando un charco que llegaba a manchar la costosa alfombra.

Al acercarme para ver su estado, y seguidamente pedir ayuda, pude ver un documento que anunciaba en primer lugar: 
-“Don Francisco Gómez de Sandoval y de Padilla, Duque de Lerma, Valido del rey Felipe III y en representación de éste, acepta las condiones pactadas en el acuerdo negociado con su consejo de ministros, siendo esto de conveniencia para ambos Reinos y firmando así este documento y una tregua entre los dos bandos de esta disputa.”
Después había un lugar para una firma y, a su lado, la muy por mí conocida firma del Duque. Si los recuerdos de las clases de mi maestros no eran inciertos, este tratado ponía fin al conjunto de reuniones y consejos que habían tenido lugar estos últimos años, y que trataban de llegar a un acuerdo con el rey de Holanda, Alberto de Austria, con beneficio para ambos reinos.

Tras esta esplendorosa nueva información, pedí ayuda a unos mozos, que pasaban cargando unos faisanes para la comida, para que me ayudaran a transportar al Duque hasta su cama, guardando antes el documento que me había producido una grata sorpresa.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Alicia Aparicio

Era una tarde preciosa, el sol estaba ocultándose entre las montañas y teníamos que marcharnos a la fiesta que se daba en el palacio esa noche. La corte llevaba ya tres fiestas consecutivas, en las que los personajes de más dinero y renombre pretendían olvidar sus problemas tanto económicos como sociales y de poder político.

Salimos de casa, cerrando la puerta con dos vueltas de llave como siempre, subimos al carruaje que esperaba en la cancela y este partió hacia palacio con un suave y constante traqueteo. Pasamos calles y calles que antes, en mejores tiempos estuvieron vacías, pero que ahora estaban atestadas de mendigos y pordioseros pidiendo algo que llevarse a la boca. Son malos tiempos sí, pero realmente una niña no suele fijarse en aquellas cosas…Por otro lado los hidalgos llegaban de las tabernas con sus portentosos y extravagantes trajes, que realmente no eran más que un disfraz, una máscara que intentaba ocultar de la peor forma, una situación de pura desesperación y una lucha con uñas y dientes frente a los problemas económicos que tenían en esos momentos, únicamente por conservar el honor y la condición de baja nobleza, porque al fin y al cabo pertenecían al grupo de privilegiados.
En aquello estaba yo pensando, cuando noté que el traqueteo había cesado, esto podría significar dos cosas, o que habíamos llegado o por el contrario que había algún contratiempo. La puerta se abrió con un ligero chirrido, salté fuera del coche y corrí hacia la entrada atravesando los jardines atestados de rosas de todos los colores posibles a imaginar y más; de pronto escuche la voz de mi madre que me instaba a comportarme como lo que era, una señorita y resignada deje de correr y los esperé mirándome los zapatos y con las manos entrelazadas.
Esa noche había caras nuevas, cada vez había más personajes relacionados con la Iglesia, que venían a nuestras fiestas y no era de extrañar, pues como bien decía mi padre la Iglesia estaba adquiriendo poder, sin que nosotros pudiéramos hacer nada.
La fiesta acabó muy tarde y me metieron en el carruaje medio dormida; a mitad del trayecto desperté con el sonido de unos sollozos no muy lejanos. Saqué la cabeza por la ventana lateral y la cruda realidad me dio un soplo brusco en la cara. Había mujeres y niños allí, rebuscando entre la basura algo que poder comer o con lo que poder abrigarse, todas aquellas personas parecían abatidas y sin ganas de luchar, en cambio nosotros en vez de aceptar aquella terrible situación, nos ocultábamos detrás de lujosas fiestas a las que solo acudían los privilegiados más ricos, por lo que jamás escuchábamos la versión de una persona que realmente lo estuviera pasando mal.
Con aquel panorama desolador y triste me fui a dormir aquella noche, deseando que aquella época acabase y que la gente dejara de engañarse a sí misma, dejase de creer sus propias y absurdas mentiras y por una vez, aceptaran aquella situación.

El sobrino andaluz

Desperté asustado por el griterío de la gente en las calles. Algo importante había sucedido cuando aún permanecía somnoliento en mi sillón raído y desgastado. Eran tiempos complicados y vivir resultaba difícil.  Los pocos reales que me ganaba eran por pequeños escritos que redactaba para la baja nobleza de Toledo. ¡Cuánto envidiaba a Góngora o a Quevedo que podían tener algunas temporadas de tranquilidad y acomodamiento! Este no era mi caso. Salí apresuradamente de mi cuarto de la posada en la que tanto tiempo pasaba durmiendo y bebiendo inmensas cantidades de alcohol. En la calle la gente veía alterada cómo dos jóvenes se batían en duelo. Para mi sorpresa uno de ellos era mi sobrino Gonzalo, el de Andalucía. Hacía ya un año que mi hermana le había mandado a Toledo en búsqueda de mejor fortuna que en su pueblo natal. Pero la misma pobreza de la que había intentado escapar le llevaba a trabajos turbios por los que siempre se veía en problemas de los que yo le debía rescatar.
Desenfundé mi espada y entre estocada y estocada logré desarmar a mi contrincante. Viendo su vida en peligro, pidió clemencia y mi sobrino en un ataque de rabia le intentó clavar la espada en el mismo corazón. Interpuse la mía entre la muerte de ese joven espadachín que tan gustosamente nos habría matado a mi sobrino y a mí. Tras una vergonzosa huida, agarré del brazo a Gonzalo y lo llevé lejos de aquel lugar. Le pedí que me explicase en qué asunto estaba metido pero él, como de costumbre, no me esclareció nada. Estaba realmente desesperado. Entre grito y grito le pegué tal tortazo que cayó al suelo tras perder el equilibrio. Realmente enfadado se levantó y sin mediar palabra se fue. No volví a saber de él hasta varios años después.
Tras unas semanas bastante monótonas en las que como siempre abundaban los escritos y el alcohol mientras escaseaba el dinero, llegó una carta anónima en la que se me reconocía como gran escritor y se me pedía que realizase una novela. Quedé sorprendido porque la carta venía acompañada de varias monedas de oro con las que podría vivir sin problemas las próximas semana. Desconfié de aquella rara proposición, pero ante la falta de ocupación comencé a escribir con mucho entusiasmo la que sería mi gran novela.
Tras largos meses recibiendo dinero de aquel personaje anónimo y escribiendo sin parar, llegó a mi casa Gonzalo. Iba ataviado con elegantes ropas. Yo no daba crédito a lo que veía. Rápidamente me dijo que le acompañase sin preguntar y con la novela. Tras un largo viaje en un elegante carro, me dijo que había pasado a formar parte de la corte como espía de un alto miembro de la iglesia en el gobierno. Evidentemente conllevaba un gran peligro y, por tanto, percibía gran cantidad de dinero. Él había sido quien me había financiado la que sería la gran obra de mi vida. Gracias a él aprendí lo que es el perdón y el agradecimiento.

Jorge Navas Almaraz

martes, 28 de febrero de 2012

La literatura barroca por un ciudadano de a pie.

Yo estuve presente cuando la novela de caballerías desapareció y fue sustituida principalmente por la picaresca, en aquella terrible época de crisis social y decadencia del imperio español y con él la caída de su política. Durante estos duros momentos, el género literario se dividió y cada escritor se adaptó, mediante diferentes actitudes: Francisco de Quevedo optó por un pesimismo radical mientras que otros, como Félix Lope de Vega o Luis de Góngora, decidieron que en sus escritos se evadirían de la realidad, mediante la creación de nuevos e imaginarios mundos. Pero no todos los escritores crearon nuevos géneros porque coincidiendo con este duro periodo económico había también una gran escasez de ideas y temas, por lo que se volcaron en el virtuosismo lingüístico. Yo hubiera preferido un periodo más expresivo, pero dadas las circunstancias no se les podía exigir más. Quizá por ello, de los dos movimientos que surgieron, mi preferido fue el culteranismo, que adornaba todo con las más bellas figuras literarias que yo hubiera podido imaginar. No me desagradó el conceptismo, pero no era el tipo de lectura que me gustaba ni al que estaba acostumbrado, al no gustarme los juegos de palabras. Este movimiento terminó por hacerse un pequeño hueco en mí y aún continúa allí.
Respecto a los géneros yo prefería y prefiero la novela, aunque la poesía no me resultó ni mucho menos desagradable. El teatro no fue para menos, aunque yo me inclinaba por la prosa y los anteriores, al poder leerlos una y otra vez. En las representaciones me gustaba sentarme delante para poder escuchar con claridad todas aquellas obras maestras, pero cuando eso no era posible, durante la inmensa mayoría de la funciones, me enfadaba y me colocaba en un lugar tranquilo a reflexionar sobre la situación económica y sobre los temas de la representación. Había días enteros que me los pasaba admirando una y otra vez las sutiles líneas entre las que se escondían aquellas historias que nunca podré olvidar.
                                                                                                                                Mario Boyano 4º A

lunes, 27 de febrero de 2012

Relato Marcos Castillo


                    En el año 1600 surgió un nuevo periodo de la historia occidental al que llamamos Barroco. Me llamo Fernando, soy un campesino y trabajo y gano dinero de transformar productos naturales en productos primarios. Vivo en un país  en el que gobierna una monarquía; un sistema de gobierno en el que la soberanía radica en una sola o dos. A estas personas se las llama reyes y es a ellos a los que se les atribuye el poder por ser los más cualificados y preparados.

La aristocracia está sufriendo una crisis económica por lo que esta provocándose una situación de éxodo rural. Vivimos en un momento muy tenso en el que el linaje de la aristocracia se encuentra al borde de la bancarrota y empieza a perder fuerza y poder.  Cada vez sufrimos aún más las emigraciones del campo a las ciudades para encontrar trabajo.

En este pequeño pueblo en el que se encuentra mi hogar y el de mi familia, vivimos la mayoría de personas del sector primario, es decir, trabajamos con los recursos y animales del campo, con lo cual, estamos sufriendo a gran escala las consecuencias de la crisis económica,

No solo hay problemas económicos, sino que también se están propagando las pestes y epidemias por toda la población y está acabando con la vida de cientos de miles de personas. En 1609 se llevó a cabo la expulsión de los moriscos de España y no nos estamos enriqueciendo culturalmente.

La mentalidad social, marcada por el desprecio al trabajo, está agravando la crisis social y económica y lo último que nos queda es tener optimismo en que esta situación demográfica se va a solucionar y que cambiará este sistema político.

EL BILLETE DE SU TUMBA


Don Juan Manuel se encontraba en la esquina, inquieto, cuando llegó su fiel compañero Francisco Carlos; ambos eran escritores. Solían pasar las tardes en la taberna de Mercedes, escribiendo lo primero que se les pasara por la cabeza y bebiendo.  Muchas veces se armaban grandes trifulcas entre ellos dos y el resto de las personas de la taberna. No es que podamos decir que tuvieran muchos amigos. Una vez, oí por el barrio la historia de que a don Juan Manuel le habían partido una botella en la cabeza, quedando la cabeza desangrada y él en el suelo. Solo porque oyó decir que Quevedo era mejor que Góngora.
Pues bueno, cuando se encontraron se dirigieron rápidamente a mi palacio. Les había encargado que escribieran una novela, en estos últimos meses me había aficionado a esta literatura, sobre todo a la de Francisco Carlos. Mostraba un mundo horrible, aunque en realidad lo único que hacía era radicalizar el nuestro, todos los problemas eran los mismos, pero en distinta escala. Mientras que Juan Manuel prefería mostrar un mundo ideal sin ningún problema para evadirse  así de la realidad.
Hoy escogería a mi escritor personal, ya llevaba casi dos años con los dos, pero me había cansado de no tener uno propio, pues muchas veces no me escribían en el momento en que se lo pedía porque estaban escribiendo para otros lectores. Decidí entonces, que hoy sería la última novela que había mandado escribir de uno ellos. Ambos escritores me entregarían hoy las novelas a las doce de la mañana y cuando acabara la semana les diría quién seria mi escritor personal. Así fue como pasó, sin ningún dato relevante a mencionar, pues todo ocurrió con normalidad. Algo que tal vez tenga un poco de relevancia fueron los nervios increíblemente grandes que tenía Juan Manuel.
La novela  de Juan Manuel trataba sobre un pastor que le iba quitando terreno por las noches a su vecino, poniendo más lejos las piedras que limitaban su parcela. Cuando éste muere se lo llevan los diablos, mientras los ángeles buscan sin resultado una buena acción para salvarle, de repente uno encuentra que reza cada día a la virgen María, se le alejan todos los demonios y van los ángeles a llevarle a las puertas del cielo.
La obra de Francisco Carlos contaba la historia de cómo un niño huérfano se tenía que ganar el pan para sobrevivir. Pasa de un dueño a otro, a cada cual peor. Pasa por personajes importantes, como un cura o un hidalgo, por ejemplo. A lo largo de la historia va criticando duramente a la sociedad y su gobierno.
Al leer esto se me saltaron las lágrimas, era tan cruel, pero tan cierto. No quise que nadie más leyera tan buena obra, pero más que su billete a la buena vida era su billete  a la tumba. Lo mandé quemar en cuanto terminé la última página, la última, palabra, la última letra. Lo mandé en mi presencia rápidamente, y díjele lo siguiente: “Su obra es brillante, pero agradable, si alguien la leyera pueda darse por muerto. Está vez no diré ni mandaré nada, pues me ha proporcionado buenos ratos con tanta novela. Le aconsejo que se vaya de aquí y que empiece de cero, no creo que le sea difícil”  Francisco Carlos cumplió mi consejo de inmediato y se marchó al día siguiente.
Bueno, y esta es la historia de cómo he terminado con Juan Manuel como leal escritor, he de decir que con los años ha mejorado mucho, su estilo ha variado desde su mundo idealizado hasta el pesimismo que tenía  porsu fiel compañero, pasando por un mundo falso y fantástico.  También he de declarar que no tiene muchas ideas y temas diferentes, pero esto lo tapa con todas las metáforas, hipérbatos y cultismos que utiliza.


Paula Ruano Arregui 4ºA

jueves, 23 de febrero de 2012

Relato de Sergio Fernández


Lo primero es presentarme: soy Juan Giménez, archiduque del condado de Madrid. Quiero destacar los hechos que me han acaecido en el día de hoy. Esta mañana, en mi visita al Alcázar de Madrid, he coincidido con un pintor llamado Diego Velázquez; hemos estado conversando sobre el cuadro que actualmente está pintando y me ha mencionado los numerosos personajes que retrata en su obra.

Como protagonista, está la Infanta Margarita rodeada de Isabel de Velasco y María Agustina Sarmiento de Sotomayor. María Bárbara Asquín, Nicolasito Pertusato, que se sitúan en la parte derecha de la obra.

Marcela de Ulloa, situada detrás de Agustina Sarmiento de Sotomayor, José Nieto Velázquez situado al fondo del cuadro debajo de la puerta , Felipe IV y su esposa Mariana de Austria reflejados en un espejo del fondo de la habitación y que tenía intención de autorretratarse con la paleta y el pincel en la mano.

Poco después, al verme tan interesado por la obra, me ofreció ver cómo la pintaba. Cuando llegué a aquella planta baja del Alcázar vi que era todo exactamente igual que como lo estaba pintando, la puerta situada al fondo, el espejo que en la obra reflejaba a Felipe IV y su esposa Mariana de Austria, aquel ventanal por el que entraba la luz que alumbraba el cuadro. Me di cuenta de que estaba siguiendo su propio criterio al utilizar la técnica del claroscuro para destacar la figura de José Nieto Velázquez.

He quedado fascinado con este pintor.

Siguiendo con el relato de mi día de emociones fui invitado al baile de la corte donde pude conocer al gran Quevedo y disfrutar de sus chistes sarcásticos; nos relató parte de su próxima obra que se llamará la Historia de la Vida del Buscón.

En la cena tuve el honor de estar sentado entre Góngora y Pedro Calderón de la Barca, el cual nos recitó un fragmento de su comedia Hombre pobre todo es trazas, que nos hizo reír mucho.

Para terminar la fabulosa velada, Juan Cabanilles nos deleitó con una pieza tocada al órgano llamada “Gloria Patri et Filio”.

Todo esto sucedió el día 17 de marzo de 1656.

Relato Bruno López


De camino a la Taberna del Turco me doy cuenta de que tendría que haberme puesto más ropa, porque en febrero en Madrid hace un frío que pasma. El caso es que no pensaba salir tan temprano pero ha sido esta madrugada cuando ha ocurrido el nefasto percance. Mi amo, Don Lope, ha perdido a uno de los actores que trabajaba en su obra La Dorotea

Ha ocurrido de madrugada. El destino ha querido que “Fernando” muera batiéndose en duelo con el marido de su amada en la realidad. Parecido a lo que le ocurre en la obra, en la que también hacia el papel de amante de “Dorotea”.

Mi amo Don Lope me ha pedido que me acerque donde El Turco porque allí se reúnen los actores que esperan que alguien les de trabajo.
De camino a la Taberna,  pienso en qué actor podrá sustituirle en la obra y como va a aprenderse el papel en tan poco tiempo. Es la pieza teatral en la que mi amo Don Lope ha metido más dialogo.
El estreno será dentro de tres días en el Corral de la Cruz  y  tiene a mi amo hecho un manojo de nervios. Lleva mucho tiempo trabajando en la que piensa que será la mejor de sus piezas teatrales. Además, de ella depende que paguemos las deudas de los últimos tiempos y comer en los siguientes.

Ya en la taberna, hablé con los posibles candidatos a los que podría interesarles el trabajo por ser antiguos actores. Unos ponían pegas por la dificultad de aprenderse el papel, y otros por no poder dejar otras obras que se estaban  representando en Madrid en esos momentos, de Cervantes y Calderón rivales en pluma de mi amo Lope.

Vuelvo a casa como partí, sin haber resuelto el problema, el estomago vacío pero con mas frío.
Cuando llego a casa, Don Lope espera con impaciencia la noticia y le cuento lo inútil que ha sido mi encargo. Su desesperación no tiene límites. Había puesto todas sus esperanzas en que su obra fuera representada ante el rey, ya que había oído que se pasaría por el teatro de incógnito, una costumbre que tenía por su afición al teatro y a mezclarse con la chusma. Sería vista por todo Madrid y el éxito era seguro.

De pronto noté su mirada clavada en mí y sus palabras me dieron vértigo, bueno, y el hambre que tenia.“Tu serás el “Fernando” de La Dorotea. La conoces mejor que nadie, hemos leído los diálogos, te los sabes de memoria, los has  recitado para que yo pudiera oírlos mil veces…”
Esa noche no pude dormir. Por supuesto que no comimos nada.
           
Y aquí estoy, subido al escenario, haciendo el papel de Fernando. El caso es que al principio me temblaba la voz de miedo pero me fui haciendo con el personaje  amante de Dorotea y me gusta ver cómo la gente ríe o llora con lo que digo.

No me extrañaría nada que mi amo fuera un escritor muy conocido en el futuro y que esta época de miseria y de guerras que estamos viviendo se conociera como el Siglo de Oro de las Letras porque la verdad es que al público le ha gustado mucho la representación. No dejan de aplaudir. Y el rey me ha dirigido un saludo… 
                                                                                                       
 Bruno López

viernes, 17 de febrero de 2012