Cuando llegué al puesto de ayudante, mi conocimiento sobre
la corte española era casi nulo.
Mi señor Don
Francisco Gómez de Sandoval y de Padilla, más conocido por la gente de a pie
como el Duque de Lerma, estaba desempeñando en esos momentos su función como
valido de nuestro rey Felipe III.
Su función, tal y como explicaba mi maestro en las clases de
política actual que me suministraba cada poco tiempo, era la de tomar las
decisiones de elevada importancia política en lugar del rey, algo parecido a
como me lo aclaró padre:
-“El valido es, actualmente, la imagen más importante de
nuestro reino. Para concretar, se diría que es él mismo el que gobierna en
nombre del Rey”.
Por eso, al llegar al cargo de ayudante del Duque, tuve
siempre en cuenta las palabras de mi padre y de mi mentor, tratándole con el
respeto que merece el máximo mandatario político de España, pero sin llegar a
confiar en él, pues, como decía siempre mi tío, al que llamaban el Asturiano,
nunca se debía fiar uno de aquel que le está causando todos los problemas.
La visión del Duque era imponente, no tanto por su gesto y
rostro con aspecto atormentado, sino por su gran capacidad para hablar sobre
cualquier tema, por lo que sacaba de quicio a todo el mundo que le rebatía una
sola palabra, fuera con buena o con mala fe. Esto conseguía que cuando me
encontraba cerca de él, atendiendo una de las numerosas tareas que me encargaba
realizar, me era imposible abrir la boca, salvo para responder con frases previamente
aprendidas, como “Sí, señor”, o “Aquí tiene mi señor”.
Un día, cuando yo entraba en las dependencias del Duque para
atenderle y aceptar sin reparo pero sin mucho humor sus tareas, lo encontré
tumbado sobre la mesa de su escritorio, durmiendo aún con la pluma en la mano y
con la cera de una vela extendida por parte de la gran mesa. Había una copa
tirada en el suelo, y una notable cantidad de vino desparramado por el suelo,
formando un charco que llegaba a manchar la costosa alfombra.
Al acercarme para ver su estado, y seguidamente pedir ayuda,
pude ver un documento que anunciaba en primer lugar:
-“Don Francisco Gómez de Sandoval y de Padilla, Duque de
Lerma, Valido del rey Felipe III y en representación de éste, acepta las
condiones pactadas en el acuerdo negociado con su consejo de ministros, siendo
esto de conveniencia para ambos Reinos y firmando así este documento y una
tregua entre los dos bandos de esta disputa.”
Después había un lugar para una firma y, a su lado, la muy
por mí conocida firma del Duque. Si los recuerdos de las clases de mi maestros
no eran inciertos, este tratado ponía fin al conjunto de reuniones y consejos
que habían tenido lugar estos últimos años, y que trataban de llegar a un
acuerdo con el rey de Holanda, Alberto de Austria, con beneficio para ambos
reinos.
Tras esta esplendorosa nueva información, pedí ayuda a unos
mozos, que pasaban cargando unos faisanes para la comida, para que me ayudaran a
transportar al Duque hasta su cama, guardando antes el documento que me había
producido una grata sorpresa.
