martes, 10 de abril de 2012

Mi primera vez.


La verdad, es que al principio no estaba muy convencido, pero ya que íbamos a ir de todas formas, me resigné y subí al coche. Con un poco de suerte encontraba algo más divertido que hacer en el campo que no fuera matar moscas y mirar cómo se mueven las agujas del reloj.
Mis padres habían decidido pasar en fin de semana en el campo, en una parcela que teníamos alquilada desde hace tiempo, aunque no vamos con mucha frecuencia. El viaje es muy aburrido, y ni siquiera puedo escuchar música a gusto, ya que los baches del camino son enormes, lo que también es una molestia si quieres dormir un rato. Llegamos sobre las once de la mañana, y por suerte no hacía demasiado calor. Nos comimos unos bocadillos y salimos de paseo por los alrededores. Mi hermana pequeña se lo pasaba en grande, pero en lo que respecta a mí, eso era una forma estupenda de malgastar un fin de semana.
Pasamos por un recinto, que me llamó la atención, ya que había gente montando a caballo. Parecía lo más interesante que se podía hacer en ese lugar, así que no dudé en pedirle a mi padre que nos acercáramos a ver si podíamos dar el mismo paseo, pero montados a caballo. A él le pareció genial, pero mi madre, que es un poco torpe decidió quedarse en tierra junto con mi hermana, y de esa forma, en veinte minutos ya estábamos listos para salir al galope, aunque yo en mi vida había montado en un bicho de estos, vamos, lo más parecido era un poni, que monté cuando tenía ocho años, en una feria
Por suerte, mi montura era muy mansa, y no me dio problemas de ningún tipo. Caminamos unos cuantos kilómetros, y realmente era una sensación muy agradable, tanto, que me daba un poco de pena por mi hermano, que estaba de excursión con el instituto, e iba a pasar unos días fuera.
La mejor parte fue cuando llegamos a una pradera, bastante amplia y despejada, y no pude evitar soltar un poca las riendas, para acelerar el paso y recorrer toda la pradera a galope. Fue genial: el viento en la cara, la sensación de velocidad, sentir cómo se te acelera débilmente el corazón… era muy emocionante. A punto estuve de caerme, pero solo fue un susto sin importancia, nada que me arruinara la experiencia.
Llegó la hora de comer, y tuvimos que dejar los animales en sus establos. Me molestó bastante, pero me animaba la esperanza de poder volver a montar mañana, o esa misma tarde si lograba escaparme de mis padres y sus aburridas “actividades rurales”.
Pese a todo, se podría decir, que valió la pena en viaje.

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