Desperté asustado por el griterío de la gente en las calles. Algo importante había sucedido cuando aún permanecía somnoliento en mi sillón raído y desgastado. Eran tiempos complicados y vivir resultaba difícil. Los pocos reales que me ganaba eran por pequeños escritos que redactaba para la baja nobleza de Toledo. ¡Cuánto envidiaba a Góngora o a Quevedo que podían tener algunas temporadas de tranquilidad y acomodamiento! Este no era mi caso. Salí apresuradamente de mi cuarto de la posada en la que tanto tiempo pasaba durmiendo y bebiendo inmensas cantidades de alcohol. En la calle la gente veía alterada cómo dos jóvenes se batían en duelo. Para mi sorpresa uno de ellos era mi sobrino Gonzalo, el de Andalucía. Hacía ya un año que mi hermana le había mandado a Toledo en búsqueda de mejor fortuna que en su pueblo natal. Pero la misma pobreza de la que había intentado escapar le llevaba a trabajos turbios por los que siempre se veía en problemas de los que yo le debía rescatar.
Desenfundé mi espada y entre estocada y estocada logré desarmar a mi contrincante. Viendo su vida en peligro, pidió clemencia y mi sobrino en un ataque de rabia le intentó clavar la espada en el mismo corazón. Interpuse la mía entre la muerte de ese joven espadachín que tan gustosamente nos habría matado a mi sobrino y a mí. Tras una vergonzosa huida, agarré del brazo a Gonzalo y lo llevé lejos de aquel lugar. Le pedí que me explicase en qué asunto estaba metido pero él, como de costumbre, no me esclareció nada. Estaba realmente desesperado. Entre grito y grito le pegué tal tortazo que cayó al suelo tras perder el equilibrio. Realmente enfadado se levantó y sin mediar palabra se fue. No volví a saber de él hasta varios años después.
Tras unas semanas bastante monótonas en las que como siempre abundaban los escritos y el alcohol mientras escaseaba el dinero, llegó una carta anónima en la que se me reconocía como gran escritor y se me pedía que realizase una novela. Quedé sorprendido porque la carta venía acompañada de varias monedas de oro con las que podría vivir sin problemas las próximas semana. Desconfié de aquella rara proposición, pero ante la falta de ocupación comencé a escribir con mucho entusiasmo la que sería mi gran novela.
Tras largos meses recibiendo dinero de aquel personaje anónimo y escribiendo sin parar, llegó a mi casa Gonzalo. Iba ataviado con elegantes ropas. Yo no daba crédito a lo que veía. Rápidamente me dijo que le acompañase sin preguntar y con la novela. Tras un largo viaje en un elegante carro, me dijo que había pasado a formar parte de la corte como espía de un alto miembro de la iglesia en el gobierno. Evidentemente conllevaba un gran peligro y, por tanto, percibía gran cantidad de dinero. Él había sido quien me había financiado la que sería la gran obra de mi vida. Gracias a él aprendí lo que es el perdón y el agradecimiento.
Desenfundé mi espada y entre estocada y estocada logré desarmar a mi contrincante. Viendo su vida en peligro, pidió clemencia y mi sobrino en un ataque de rabia le intentó clavar la espada en el mismo corazón. Interpuse la mía entre la muerte de ese joven espadachín que tan gustosamente nos habría matado a mi sobrino y a mí. Tras una vergonzosa huida, agarré del brazo a Gonzalo y lo llevé lejos de aquel lugar. Le pedí que me explicase en qué asunto estaba metido pero él, como de costumbre, no me esclareció nada. Estaba realmente desesperado. Entre grito y grito le pegué tal tortazo que cayó al suelo tras perder el equilibrio. Realmente enfadado se levantó y sin mediar palabra se fue. No volví a saber de él hasta varios años después.
Tras unas semanas bastante monótonas en las que como siempre abundaban los escritos y el alcohol mientras escaseaba el dinero, llegó una carta anónima en la que se me reconocía como gran escritor y se me pedía que realizase una novela. Quedé sorprendido porque la carta venía acompañada de varias monedas de oro con las que podría vivir sin problemas las próximas semana. Desconfié de aquella rara proposición, pero ante la falta de ocupación comencé a escribir con mucho entusiasmo la que sería mi gran novela.
Tras largos meses recibiendo dinero de aquel personaje anónimo y escribiendo sin parar, llegó a mi casa Gonzalo. Iba ataviado con elegantes ropas. Yo no daba crédito a lo que veía. Rápidamente me dijo que le acompañase sin preguntar y con la novela. Tras un largo viaje en un elegante carro, me dijo que había pasado a formar parte de la corte como espía de un alto miembro de la iglesia en el gobierno. Evidentemente conllevaba un gran peligro y, por tanto, percibía gran cantidad de dinero. Él había sido quien me había financiado la que sería la gran obra de mi vida. Gracias a él aprendí lo que es el perdón y el agradecimiento.
Jorge Navas Almaraz
He corregido algunas cosillas, errores de máquina fundamentalmente. Y he puesto las etiquetas.
ResponderEliminarEstá muy bien esta historia del mecenazgo, muy de la época.