miércoles, 29 de febrero de 2012

Alicia Aparicio

Era una tarde preciosa, el sol estaba ocultándose entre las montañas y teníamos que marcharnos a la fiesta que se daba en el palacio esa noche. La corte llevaba ya tres fiestas consecutivas, en las que los personajes de más dinero y renombre pretendían olvidar sus problemas tanto económicos como sociales y de poder político.

Salimos de casa, cerrando la puerta con dos vueltas de llave como siempre, subimos al carruaje que esperaba en la cancela y este partió hacia palacio con un suave y constante traqueteo. Pasamos calles y calles que antes, en mejores tiempos estuvieron vacías, pero que ahora estaban atestadas de mendigos y pordioseros pidiendo algo que llevarse a la boca. Son malos tiempos sí, pero realmente una niña no suele fijarse en aquellas cosas…Por otro lado los hidalgos llegaban de las tabernas con sus portentosos y extravagantes trajes, que realmente no eran más que un disfraz, una máscara que intentaba ocultar de la peor forma, una situación de pura desesperación y una lucha con uñas y dientes frente a los problemas económicos que tenían en esos momentos, únicamente por conservar el honor y la condición de baja nobleza, porque al fin y al cabo pertenecían al grupo de privilegiados.
En aquello estaba yo pensando, cuando noté que el traqueteo había cesado, esto podría significar dos cosas, o que habíamos llegado o por el contrario que había algún contratiempo. La puerta se abrió con un ligero chirrido, salté fuera del coche y corrí hacia la entrada atravesando los jardines atestados de rosas de todos los colores posibles a imaginar y más; de pronto escuche la voz de mi madre que me instaba a comportarme como lo que era, una señorita y resignada deje de correr y los esperé mirándome los zapatos y con las manos entrelazadas.
Esa noche había caras nuevas, cada vez había más personajes relacionados con la Iglesia, que venían a nuestras fiestas y no era de extrañar, pues como bien decía mi padre la Iglesia estaba adquiriendo poder, sin que nosotros pudiéramos hacer nada.
La fiesta acabó muy tarde y me metieron en el carruaje medio dormida; a mitad del trayecto desperté con el sonido de unos sollozos no muy lejanos. Saqué la cabeza por la ventana lateral y la cruda realidad me dio un soplo brusco en la cara. Había mujeres y niños allí, rebuscando entre la basura algo que poder comer o con lo que poder abrigarse, todas aquellas personas parecían abatidas y sin ganas de luchar, en cambio nosotros en vez de aceptar aquella terrible situación, nos ocultábamos detrás de lujosas fiestas a las que solo acudían los privilegiados más ricos, por lo que jamás escuchábamos la versión de una persona que realmente lo estuviera pasando mal.
Con aquel panorama desolador y triste me fui a dormir aquella noche, deseando que aquella época acabase y que la gente dejara de engañarse a sí misma, dejase de creer sus propias y absurdas mentiras y por una vez, aceptaran aquella situación.

1 comentario:

  1. Bien, bien, Alicia. Recuerda que debes cambiar la etiqueta de literatura.

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