Don Juan Manuel se
encontraba en la esquina, inquieto, cuando llegó su fiel compañero Francisco
Carlos; ambos eran escritores. Solían pasar las tardes en la taberna de
Mercedes, escribiendo lo primero que se les pasara por la cabeza y
bebiendo. Muchas veces se armaban
grandes trifulcas entre ellos dos y el resto de las personas de la taberna. No
es que podamos decir que tuvieran muchos amigos. Una vez, oí por el barrio la
historia de que a don Juan Manuel le habían partido una botella en la cabeza,
quedando la cabeza desangrada y él en el suelo. Solo porque oyó decir que
Quevedo era mejor que Góngora.
Pues bueno, cuando se
encontraron se dirigieron rápidamente a mi palacio. Les había encargado que
escribieran una novela, en estos últimos meses me había aficionado a esta
literatura, sobre todo a la de Francisco Carlos. Mostraba un mundo horrible,
aunque en realidad lo único que hacía era radicalizar el nuestro, todos los
problemas eran los mismos, pero en distinta escala. Mientras que Juan Manuel
prefería mostrar un mundo ideal sin ningún problema para evadirse así de la realidad.
Hoy escogería a mi
escritor personal, ya llevaba casi dos años con los dos, pero me había cansado
de no tener uno propio, pues muchas veces no me escribían en el momento en que
se lo pedía porque estaban escribiendo para otros lectores. Decidí entonces,
que hoy sería la última novela que había mandado escribir de uno ellos. Ambos
escritores me entregarían hoy las novelas a las doce de la mañana y cuando acabara
la semana les diría quién seria mi escritor personal. Así fue como pasó, sin
ningún dato relevante a mencionar, pues todo ocurrió con normalidad. Algo que
tal vez tenga un poco de relevancia fueron los nervios increíblemente grandes
que tenía Juan Manuel.
La novela de Juan Manuel trataba sobre un pastor que le
iba quitando terreno por las noches a su vecino, poniendo más lejos las piedras
que limitaban su parcela. Cuando éste muere se lo llevan los diablos, mientras los
ángeles buscan sin resultado una buena acción para salvarle, de repente uno
encuentra que reza cada día a la virgen María, se le alejan todos los demonios
y van los ángeles a llevarle a las puertas del cielo.
La obra de Francisco
Carlos contaba la historia de cómo un niño huérfano se tenía que ganar el pan
para sobrevivir. Pasa de un dueño a otro, a cada cual peor. Pasa por personajes
importantes, como un cura o un hidalgo, por ejemplo. A lo largo de la historia
va criticando duramente a la sociedad y su gobierno.
Al leer esto se me
saltaron las lágrimas, era tan cruel, pero tan cierto. No quise que nadie más
leyera tan buena obra, pero más que su billete a la buena vida era su
billete a la tumba. Lo mandé quemar en
cuanto terminé la última página, la última, palabra, la última letra. Lo mandé
en mi presencia rápidamente, y díjele lo siguiente: “Su obra es brillante, pero
agradable, si alguien la leyera pueda darse por muerto. Está vez no diré ni
mandaré nada, pues me ha proporcionado buenos ratos con tanta novela. Le
aconsejo que se vaya de aquí y que empiece de cero, no creo que le sea
difícil” Francisco Carlos cumplió mi
consejo de inmediato y se marchó al día siguiente.
Bueno, y esta es la
historia de cómo he terminado con Juan Manuel como leal escritor, he de decir
que con los años ha mejorado mucho, su estilo ha variado desde su mundo
idealizado hasta el pesimismo que tenía porsu fiel compañero, pasando por un mundo
falso y fantástico. También he de
declarar que no tiene muchas ideas y temas diferentes, pero esto lo tapa con
todas las metáforas, hipérbatos y cultismos que utiliza.
Paula Ruano Arregui 4ºA