domingo, 4 de marzo de 2012

Relato Alfredo Álvarez

No me gustan los días de mucho calor, el hedor de las calles de Madrid es casi inhumano, y aun así tengo que salir a la calle, hoy es el día.
Me escabullí de la pensión donde me alojo (sin el conocimiento del dueño) desde hace un par de años y fui a la Taberna que tantas veces  había sido de ayuda para sofocar mis penas y condolencias, torcí por la esquina donde algunas damas, nobles en belleza pero pobres en alma, realizaban su oficio por miserias que no les duraban ni tan siquiera un día y que a veces alegraban mis noches de borrachera , según la calderilla que tuviera suelta en ese momento.
Seguí caminado hasta que me encontré con el Palacio donde antaño mis padres habían trabajado cuando yo solo era un crío. Los recuerdos me atravesaban de un lado a otro de mi cabeza, como si dos cuervos estuviesen intentando salir de mi interior. No debí beber la noche anterior. Ensimismado en mis pensamientos y conjeturas internas no di cuenta del susodicho que en ese momento se acercaba hasta que por cercanía a mi persona y ese olor tan ambiguo que desprendía , le reconocí:
¡El supuesto poeta Luis de Góngora! Le miré con el mayor desprecio posible y luego le saludé, a pesar de no ser de mi agrado. Él correspondió el saludo con esa cara de pánfilo que siempre llevaba como un velo que cubría sus facciones marcadas y agrias, era como si no se diese cuenta de la realidad que le rodeaba, pobre ingenuo. Espero que hubiese visto mi pequeño poema que la noche anterior había dejado en la entrada de su casa. Me comentó algo sobre sus recientes obras e intentó criticar la más recientes mías, lo cual me resultaba interesante, no por el contenido de su palabrería sino por el intento de suavizar el acento que sus raíces cordobesas habían marcado desde su niñez a su habla, el cual era para mí una diversión constante.
Tras escucharle por unos instantes, le indiqué cuál era mi destino y seguí adelante; para mi sorpresa él cambió de rumbo y tuve que estar viendo su sombra de águila durante todo el trayecto. En el camino, también paré a saludar a algunos amigos y conocidos, reconocí a viejos amores del pasado que habían deteriorado mi interior progresivamente y escondí mi mirada a algún caballero al cual debía yo alguna suma de dinero.
Cuando llegué, ya había varios madrileños fanáticos de él esperando en la entrada y algunas damas que intentaban con todo su empeño entrar en donde solo el maestro podía. Pasaron algunas horas. El sol se durmió y la Luna apareció redonda, gris y escalofriante. Las lámparas se encendieron y las puertas ser abrieron, a pesar de que no fui el primero en entrar, no me importó. Me llamo Francisco y he venido a ver la más reciente obra de Lope.