Yo estuve presente
cuando la novela de caballerías desapareció y fue sustituida principalmente por
la picaresca, en aquella terrible época de crisis social y decadencia del
imperio español y con él la caída de su política. Durante estos duros momentos,
el género literario se dividió y cada escritor se adaptó, mediante diferentes
actitudes: Francisco de Quevedo optó por un pesimismo radical mientras que
otros, como Félix Lope de Vega o Luis de Góngora, decidieron que en sus
escritos se evadirían de la realidad, mediante la creación de nuevos e
imaginarios mundos. Pero no todos los escritores crearon nuevos géneros porque
coincidiendo con este duro periodo económico había también una gran escasez de
ideas y temas, por lo que se volcaron en el virtuosismo lingüístico. Yo hubiera
preferido un periodo más expresivo, pero dadas las circunstancias no se les
podía exigir más. Quizá por ello, de los dos movimientos que surgieron, mi
preferido fue el culteranismo, que adornaba todo con las más bellas figuras
literarias que yo hubiera podido imaginar. No me desagradó el conceptismo, pero
no era el tipo de lectura que me gustaba ni al que estaba acostumbrado, al no
gustarme los juegos de palabras. Este movimiento terminó por hacerse un pequeño
hueco en mí y aún continúa allí.
Respecto a los géneros yo
prefería y prefiero la novela, aunque la poesía no me resultó ni mucho menos
desagradable. El teatro no fue para menos, aunque yo me inclinaba por la prosa
y los anteriores, al poder leerlos una y otra vez. En las representaciones me
gustaba sentarme delante para poder escuchar con claridad todas aquellas obras
maestras, pero cuando eso no era posible, durante la inmensa mayoría de la
funciones, me enfadaba y me colocaba en un lugar tranquilo a reflexionar sobre la
situación económica y sobre los temas de la representación. Había días enteros
que me los pasaba admirando una y otra vez las sutiles líneas entre las que se
escondían aquellas historias que nunca podré olvidar.
Mario Boyano 4º A
