martes, 27 de marzo de 2012

EMPAPADO EN TINTA ROJA


La primera vez que mueres es sin duda la más difícil, en la segunda ya sabes lo que te espera, en la tercera simplemente cierras los ojos y te mueres y a partir de la quinta te sobra tiempo incluso para despedirte. Pero la primera vez que mueres con los nervios, el dolor y la angustia se te hace interminable, o al menos ese fue mi caso.


Me encontraba en una redada de narcotraficantes; hace 6 meses pillamos a uno de la banda y habló con cierta facilidad y desde entonces estuvimos buscando pruebas que respaldaran el alegato del camello y que a su vez culparan a todos los miembros de la banda y hoy era el gran día. Era de noche ya pasadas las 2 de la madrugada, entramos por la puerta trasera con el mayor sigilo posible, pero ya nos esperaban, solo oía tiros y a gente gritar -¡quietos, soltad las armas! decía uno de mis compañeros -¡quítamela! respondía un narco rápidamente. Mi misión era la más arriesgada, detener al cabecilla, que desde luego no era fácil. Tenía la sensación de que cuanto más cerca estaba del jefe más disparos iban contra mí, a mitad de camino paré detrás de una columna a recargar, ese fue mi mayor error en mi prestigiosa carrera policial. Nada más agacharme para recargar sentí el frío cañón de una pistola apuntándome a la cabeza, y no era ni más ni menos que el narco que estaba buscando ¿irónico no?. Tragué saliva, cerré los ojos y oí un disparo... Mi compañero Mendoza, que en esa misión era mi apoyo, realizó perfectamente su trabajo, disparando en la cabeza al jefe de los narcos y salvándome la vida. Una vez muerto el jefe sus subordinados se rindieron con facilidad, misión cumplida.


Si hubiera podido elegir habría preferido ese momento para morir, como un héroe. Por desgracia mi muerte fue algo más patética, después de aquella misión me tocaba turno como policía de tráfico y paré a un coche con el faro roto ¿os imagináis el final ?. Resultó ser el coche de un camello que en lugar de coger los papeles del vehículo como le indiqué, cogió su pistola de la guantera, me disparó en el pecho y aceleró hasta perderme de vista. Dada la situación no sabía qué hacer, mi mente estaba en blanco pero mi cuerpo esta rojo y húmedo por la sangre que chorreaba por mi pecho; Después de reaccionar y pedir ayuda por la radio sentí cómo poco a poco dejaba de respirar, como el dolor en el pecho se hacía cada vez más grande, cómo mis brazos y piernas dejaban de reaccionar por la falta de riego de sangre y cómo en cuestión de minutos, el asfalto de mi alrededor se llenaba de mi sangre. Sabía que no llegarían a tiempo por muy rápida que fuera la ambulancia; fue lo único que pude sacar en claro en esa dolorosa situación. Aunque me cueste admitirlo, el poco tiempo que tardé en morir y los nervios del momento hicieron que no me acordara de mi mujer y de mi hija, solo pensaba en que iba a morir y esa idea me destrozaba el alma.

Empecé a sentirme cansado, cansado de luchar, cansado de intentar sobrevivir, así que lentamente mientras mi visión se apagaba, mi oído enmudecía y mi cuerpo dejaba de responder, acepté la realidad; me tumbé soportando los dolores que implica recibir un disparo y esperé mi muerte, y aunque fue bastante rápido, sí que me dio tiempo para ver la ambulancia llegar y a los médicos acercarse a mí. Intentaron reanimarme, pero yo sabía que no podían y como no podía hablar simplemente me limité a pensar: ` Adiós, gracias por intentarlo´ . Al terminar de pensar la frase mi corazón se paró y finalmente morí por primera vez.

Mi primera vez que...

           Cuando iba a subir estaba muy nervioso, demasiado. Muchas personas me dicen que es normal y que hay que superarlo puesto que es parte del encanto y del espectáculo. Cuando el presentador dijo nuestro nombre, subimos al escenario. En ese momento ya todo era confuso. Lo más agobiante, en genereal, es la sensación de que vas a hacer algún gesto mal o no vas a saber estar a la altura de lo que se espera de ti, eso muchos lo llaman vergüenza. Muchos no han subido nunca a un escenario, y mucho menos actuando o representado algo, esos muchos no pueden quejarse de tu forma de ser cuando te subes, porque todo el mundo se transforma encima de un escenario.
         Empezamos a tocar todos a la orden del director. En ese momento ya nada te importa, solo te concentras en tocar lo mejor posible, o eso dicen, porque yo desde luego no podía pensar y no podía dejar de tener miedo a equivocarme en alguna nota rápida o peor aún, en una nota larga. Entre una canción y otra siempre intento buscar a familiares o amigos en el público, pero la luz cegadora de los focos no permite a mis ojos fijarse en nada y mucho menos reconocer a nadie. A pesar de que se lo has repetido a tus familiares, siempre tratan de humillarme echándome cumplidos y piropos, aunque ellos no se dan cuenta.
         Lo peor con diferencia de cuando estás subido en el escenario es cuando te presentan, dicen tu nombre y aplauden. Ese momento incómodo en el que no sé cómo comportarme y casi siempre me acaba saliendo un gesto seco o muy ensayado. La mayoría de las veces opto por una sutil inclinación pero no deja de ser difícil aun teniéndolo planeado. Cuando terminé de tocar el último tema, salimos todos del escenario y la relajación irrumpe en tu cuerpo. En ese momento ya no te preocupas de cómo salió el concierto, te preocupas de las sensaciones y de cómo te lo pasaste en el escenario. La verdad es que en muchos de los casos se me hace muy corta la actuación, y aunque haya estado tocando casi una hora, siempre me quedo con ganas de tocar algún tema más. Así que de todas formas mi primera actuación, para un público, en un escenario, no fue tan mala o desastrosa como yo pensé que podría ser.

lunes, 26 de marzo de 2012

Mi primera vez


Empieza una nueva serie de escritos.

Los autores de 4A12 echan la vista atrás, recogen en breves líneas sucesos reales o inventados (¡qué más da!) sobre sus primeras veces y nos las ofrecen.

Veamos qué nos cuentan los artistas.

martes, 6 de marzo de 2012

Relato Carlos García

Eran las 8 de la mañana y como todos los días, a la vez que los rayos del sol iluminaban todas las calles y rincones de nuestra ciudad dorada, yo empezaba mis clases particulares de francés con mi tutor don Gerardo; era un hombre bastante recto y estricto, y no me pasaba una cuando no me sabía la lección. Aquel día volví a quedarme encerrado en el cuarto de estudio recibiendo lecciones de los mejores profesores españoles contratados por mi padre, el Duque de Medina-Sidonia Juan Guzman, un gran noble con muchas posesiones y señoríos en Andalucía, el cual era muy respetado por la aristocracia española. Era un noble de alta casta y muy rico,por lo que una de sus principales preocupaciones era garantizar la permanencia de nuestra familia en tal escalón estamental que ocupábamos desde generaciones; y puesto que yo, Luis de Medina, era su único hijo y, por lo tanto, heredero de la dinastía, quería formarme para convertirme en un gentilhombre de provecho.

Sim embargo yo cada vez estaba más harto de todo aquello, de no tener libertad de movimiento, de ir siempre con guardias por las calles de Sevilla captando la atención del pueblo llano y de recibir clases aburridas e interminables ; yo quería ver cómo era la vida sin ataduras, pudiendo caminar por las calles sin que ningún curioso te mirase , ir a la iglesia solo un día a la semana y poder casarme por amor, y no por sangre; sin embargo mi padre en siempre contestaba lo mismo: “ un hombre poderoso y con influencias como lo serás tú no debe preocuparse y mucho menos envidiar a esos desarapados muertos de hambre” y a esto añadía: “ Luis,en pocos años tu heredarás todo esto como lo hemos heredado todos desde generaciones; serás un hombre con mucho poder, nunca te faltará de nada, y con un poco de suerte puedes llegar a ser valido del rey; por lo que haz el favor y no pienses más en eso; si Dios nos hizo así fue por algo”. En eso tenía razón, pero aun así cada día observaba desde la ventana de mi habitación el jugar de unos mozos ; estaban sucios y vestían ropas rotas, pero parecían muy felices. A lo lejos divisaba la silueta de las casas y la torre de Giralda, cada vez más oscura por las garras de la noche, entonces comprendí que todo aquello debía cambiar.

Mi padre y yo tuvimos bastantes discusiones sobre el famoso tema los días posteriores, las cuales se fueron agravando a medida que pasaba el tiempo hasta que un día la actitud de mi padre cambió radicalmente:

“Puesto que no hay quien te saque esa idea de la cabeza me veo obligado a que la sociedad te la extirpe de raíz; a partir de mañana te mudarás y trabajarás en la ciudad como un campesino más” me dijo, y esa fue la última vez que le oí hablar. Y tenía razón, los meses que pasé trabajando como aprendiz de curtidor fueron los más duros de mi vida; la poca higiene hacía de aquel taller un verdadero infierno, y las herramientas rudimentarias fueron las responsables de mis posteriores problemas respiratorios. Fuera del taller, la cosa no marchaba mucho mejor; me tocó vivir en una pensión de mala muerte, en donde había muchos maleantes y mendigos que se agarraban al cuello de aquel que poseía unos recursos económicos ligeramente mayores a los normales.Cada vez más gente era llevada ante la justicia por evasión de impuestos, ya que su constante subida era impagable para la gran mayoría de gente pobre, y a veces sientía una gran tristeza al ver a guardias llevandose consigo a familias enteras.

Todo aquello me hizo reflexionar, sentía la necesidad de hacer algo por toda esa gente,pero si por ahora solo era un humilde curtidor que ganaba una miseria.Sin embargo unas semanas después recibí una horrible noticia: mi padre había muerto, y por lo tanto al ser yo su heredero me convertía en el nuevo Duque de Medina.Aquello no era para nada de mi agrado ya que yo aún era muy joven y no sabía cómo actuar, y me amargaba más el hecho de no haberme podido despedir de él; pero entre tanto pesimismo me surgió una disparatada idea que, aunque disparatada, podría resolver los problemas de aquella sociedad desigual: convertir Andalucía en un reino similar al antiguo Reino de Aragón, en donde yo ocuparía el trono, pero compartiría el poder con unas cortes, las cuales podrían contar con dos representantes del pueblo llano.

Tras un año de planificaciones,negociaciones,sobornos y perfeccionamientos con algunos oficiales ,el plan estuvo listo y, agravado por las insurrecciones en comunidades vecinas decidimos adelantar la fecha del golpe, comunicándoselo a la Capitanía General de Málaga (desde la que se iniciaría el levantamiento) mediante el envío de una carta urgente; pero de nuevo la suerte me dejó de lado, ya que la carta fue interceptada por un guardia real el cual cargó contra el cartero creyendo que este era un bandido, la enseñó a sus superiores y estos la enviaron a Madrid; las tropas del rey no tardaron en llegar y presentarse en mi señorío, llevándome preso a mí y a mis allegados al Alcazar de Segovia acusados de alta traición; de nada sirvieron las manifestaciones de los campesinos sevillanos indignados por aquel arresto, los cuales fueron duramentente reprimidos por las autoridades.

Durante los siguientes días fui sometido a toda clase de torturas y vejaciones (que me han dejado cicatriz) hasta el día del juicio, con Su Majestad y su valido presentes; mi final era evidente para todos, puesto que era lo mínimo que se podía esperar para alguien que había cometido semejante acto.Pero entonces Dios me dio una segunda oportunidad; gracias a las influencias que mi padre llegó a tener y al prestigio deshonrado de mi familia, Su Majestad Felipe de Austria( seguramente agobiado por todos los problemas por los que pasaba nuestro imperio) me condenó a destierro en el Nuevo Mundo para el resto de mi vida, y gracias a eso hoy os cuento mi historia; la de un noble adelantado a su tiempo.

lunes, 5 de marzo de 2012

IMANOL CARRO


Mi nombre es Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma.
Estoy intentando recordar los episodios más relevantes de mi vida, con el fin de aclarar mis ideas e intentar descifrar qué ha podido suceder para que ahora me encuentre en esta situación tan desagradable para mí.
Nací privilegiado, hijo del marqués de Denia y nieto de San Francisco de Borja. Tuve una educación impecable en la corte de Felipe II, donde aproveché para ganarme el favor del entonces heredero, Felipe III. Ya entonces comprendí cuál iba a ser mi función: sería el valido del rey, alcanzaría poder y gloria y todo el reino cumpliría mis órdenes.
Cuando Felipe III alcanzó el trono, mis habilidades y estrategia consiguieron alejar del rey a los cortesanos más influyentes del reinado anterior, trasladé la corte a Valladolid y puse a gente de mi confianza en los puestos de palacio más cercanos al rey. ¿Qué había de malo en ello? Por entonces yo tenía grandes proyectos, entre los que se encontraba acabar con los conflictos heredados de Felipe II.
El rey se mostraba indiferente y yo creo que era incapaz de gestionar la política española, por lo que cultivé la inclinación real por la caza, el juego y los deportes y así logré mantenerlo lejos de la actividad política, de la que yo me encargaba. Yo hice lo que debía hacer por el bien del reino. ¿Quién se atreve a decir lo contrario? Es verdad que, a la vez, conseguí amasar una gran fortuna, títulos, territorios y rentas. Pero, ¿no es eso, acaso, un premio que el reino me debía por mi labor? ¿Es que el rey disponía de menores rentas sólo por ir de caza y delegar todo en mí?
Logré firmar la paz con Francia, Inglaterra y Holanda. Esto me permitió reconstruir la economía interna y mejorar la situación del reino. Y expulsar a los moriscos representa un logro para la corona que mi inútil rey jamás conseguirá pagarme.
Sin embargo, mi actual tristeza no se debe a esas decisiones que aún creo correctas, sino a la desafortunada relación con mi hijo, el duque de Uceda. ¿Por qué es incapaz de entender que la paz nos favorece?   Siempre le he educado conforme a mis ideas y, sin embargo, creo que se está aliando con la reina contra mí. Intuyo que mi futuro será perder el favor de ese miserable y desagradecido rey al que represento.

domingo, 4 de marzo de 2012

Relato Alfredo Álvarez

No me gustan los días de mucho calor, el hedor de las calles de Madrid es casi inhumano, y aun así tengo que salir a la calle, hoy es el día.
Me escabullí de la pensión donde me alojo (sin el conocimiento del dueño) desde hace un par de años y fui a la Taberna que tantas veces  había sido de ayuda para sofocar mis penas y condolencias, torcí por la esquina donde algunas damas, nobles en belleza pero pobres en alma, realizaban su oficio por miserias que no les duraban ni tan siquiera un día y que a veces alegraban mis noches de borrachera , según la calderilla que tuviera suelta en ese momento.
Seguí caminado hasta que me encontré con el Palacio donde antaño mis padres habían trabajado cuando yo solo era un crío. Los recuerdos me atravesaban de un lado a otro de mi cabeza, como si dos cuervos estuviesen intentando salir de mi interior. No debí beber la noche anterior. Ensimismado en mis pensamientos y conjeturas internas no di cuenta del susodicho que en ese momento se acercaba hasta que por cercanía a mi persona y ese olor tan ambiguo que desprendía , le reconocí:
¡El supuesto poeta Luis de Góngora! Le miré con el mayor desprecio posible y luego le saludé, a pesar de no ser de mi agrado. Él correspondió el saludo con esa cara de pánfilo que siempre llevaba como un velo que cubría sus facciones marcadas y agrias, era como si no se diese cuenta de la realidad que le rodeaba, pobre ingenuo. Espero que hubiese visto mi pequeño poema que la noche anterior había dejado en la entrada de su casa. Me comentó algo sobre sus recientes obras e intentó criticar la más recientes mías, lo cual me resultaba interesante, no por el contenido de su palabrería sino por el intento de suavizar el acento que sus raíces cordobesas habían marcado desde su niñez a su habla, el cual era para mí una diversión constante.
Tras escucharle por unos instantes, le indiqué cuál era mi destino y seguí adelante; para mi sorpresa él cambió de rumbo y tuve que estar viendo su sombra de águila durante todo el trayecto. En el camino, también paré a saludar a algunos amigos y conocidos, reconocí a viejos amores del pasado que habían deteriorado mi interior progresivamente y escondí mi mirada a algún caballero al cual debía yo alguna suma de dinero.
Cuando llegué, ya había varios madrileños fanáticos de él esperando en la entrada y algunas damas que intentaban con todo su empeño entrar en donde solo el maestro podía. Pasaron algunas horas. El sol se durmió y la Luna apareció redonda, gris y escalofriante. Las lámparas se encendieron y las puertas ser abrieron, a pesar de que no fui el primero en entrar, no me importó. Me llamo Francisco y he venido a ver la más reciente obra de Lope.

jueves, 1 de marzo de 2012

El Ayudante del Duque de Lerma

                                                                                
Cuando llegué al puesto de ayudante, mi conocimiento sobre la corte española era casi nulo.
Mi señor Don Francisco Gómez de Sandoval y de Padilla, más conocido por la gente de a pie como el Duque de Lerma, estaba desempeñando en esos momentos su función como valido de nuestro rey Felipe III.

Su función, tal y como explicaba mi maestro en las clases de política actual que me suministraba cada poco tiempo, era la de tomar las decisiones de elevada importancia política en lugar del rey, algo parecido a como me lo aclaró padre:
-“El valido es, actualmente, la imagen más importante de nuestro reino. Para concretar, se diría que es él mismo el que gobierna en nombre del Rey”.

Por eso, al llegar al cargo de ayudante del Duque, tuve siempre en cuenta las palabras de mi padre y de mi mentor, tratándole con el respeto que merece el máximo mandatario político de España, pero sin llegar a confiar en él, pues, como decía siempre mi tío, al que llamaban el Asturiano, nunca se debía fiar uno de aquel que le está causando todos los problemas.

La visión del Duque era imponente, no tanto por su gesto y rostro con aspecto atormentado, sino por su gran capacidad para hablar sobre cualquier tema, por lo que sacaba de quicio a todo el mundo que le rebatía una sola palabra, fuera con buena o con mala fe. Esto conseguía que cuando me encontraba cerca de él, atendiendo una de las numerosas tareas que me encargaba realizar, me era imposible abrir la boca, salvo para responder con frases previamente aprendidas, como “Sí, señor”, o “Aquí tiene mi señor”.

Un día, cuando yo entraba en las dependencias del Duque para atenderle y aceptar sin reparo pero sin mucho humor sus tareas, lo encontré tumbado sobre la mesa de su escritorio, durmiendo aún con la pluma en la mano y con la cera de una vela extendida por parte de la gran mesa. Había una copa tirada en el suelo, y una notable cantidad de vino desparramado por el suelo, formando un charco que llegaba a manchar la costosa alfombra.

Al acercarme para ver su estado, y seguidamente pedir ayuda, pude ver un documento que anunciaba en primer lugar: 
-“Don Francisco Gómez de Sandoval y de Padilla, Duque de Lerma, Valido del rey Felipe III y en representación de éste, acepta las condiones pactadas en el acuerdo negociado con su consejo de ministros, siendo esto de conveniencia para ambos Reinos y firmando así este documento y una tregua entre los dos bandos de esta disputa.”
Después había un lugar para una firma y, a su lado, la muy por mí conocida firma del Duque. Si los recuerdos de las clases de mi maestros no eran inciertos, este tratado ponía fin al conjunto de reuniones y consejos que habían tenido lugar estos últimos años, y que trataban de llegar a un acuerdo con el rey de Holanda, Alberto de Austria, con beneficio para ambos reinos.

Tras esta esplendorosa nueva información, pedí ayuda a unos mozos, que pasaban cargando unos faisanes para la comida, para que me ayudaran a transportar al Duque hasta su cama, guardando antes el documento que me había producido una grata sorpresa.