lunes, 23 de abril de 2012

LA PRIMERA VEZ QUE ME HICE UN PENDIENTE


            Era invierno, un frío invierno, y yo paseaba por las calles de Madrid en dirección a mi destino, la joyería de al lado de mi casa. A decir verdad, no tenía mucha idea de hacia dónde estaba yendo, es más, juraría que di tres o cuatro vueltas a las mismas calles con tal de hacer un poco de tiempo. Iba pensando mientras pisaba los duros adoquines de las calles, pensaba en el día que todo había comenzado. No me acuerdo muy bien cómo ni por qué decidí hacerme aquel pendiente. Me acuerdo solamente de la cara de mi madre al pedirle, con mucho tacto, su consentimiento. Se lo había tomado con mucha calma, ahora que me acuerdo. Volviendo a mi historia, decidí que era el momento de superar mis miedos. Ciertamente, nunca me han gustado mucho las agujas, por no decir que siempre les he tenido un terror tremendo, hasta el punto de quedarme paralizada con la simple idea de que me tenía que agujerear la oreja. A medida que pasaba el tiempo, mientras lo perdía, mejor dicho, paseando por la calle, me daba cuenta de que mi historia era de lo más irónico, pues había sido idea mía el hacerme un agujero. Os preguntareis por qué, pues porque sí es una de las razones, aunque claro, según el resto de la población el famoso “porque sí” no tiene mucho valor, pero es que realmente no había otra razón, aparte de que me encantaba como quedaba en otras personas. Además se suponía que al hacérmelo iba a ser en parte, como una victoria personal; me sentía débil, aunque a mucha gente le diesen miedo las agujas. Dejé esos pensamientos apartados en mi mente y me dispuse a dejar la mente en blanco para finalmente decidirme a entrar en la joyería.
Recuerdo que el primer paso fue el peor, sin duda, pensé que me iba a caer, pero me sobrepuse a esas ganas de volverme y salir corriendo por la puerta atravesada hace un momento, pero seguí andando: un paso, otro paso, y un último paso hasta poder apoyarme en el mostrador de la tienda. Me atendió una señora que amablemente me dijo que me sentara en una silla en una especie de sala, al decirle lo que tenía pensado hacerme. La pobre mujer debió de pasarlo muy mal, porque yo no paraba de repetirme una y otra vez que me pusiera más calmante. Pero al fin ocurrió. Un pinchazo, un pinchazo enorme pero muy corto. Abrí los ojos lentamente, y me encontré a la mujer sonriéndome y sosteniéndome un vaso de agua que me ofreció. Alucinada, me lleve la mano hasta mi dolorida oreja donde descubrí que había un nuevo pendiente, adornándola. Contenta, salí de la tienda con una victoria más sobre mí. Para vosotros puede que no tenga ninguna importancia, pero para mí sí que lo tuvo. Y pienso en la historia y me río, pensando en lo irónico de mi situación: resulta que ahora estudio enfermería. 

martes, 10 de abril de 2012

Mi primera vez.


La verdad, es que al principio no estaba muy convencido, pero ya que íbamos a ir de todas formas, me resigné y subí al coche. Con un poco de suerte encontraba algo más divertido que hacer en el campo que no fuera matar moscas y mirar cómo se mueven las agujas del reloj.
Mis padres habían decidido pasar en fin de semana en el campo, en una parcela que teníamos alquilada desde hace tiempo, aunque no vamos con mucha frecuencia. El viaje es muy aburrido, y ni siquiera puedo escuchar música a gusto, ya que los baches del camino son enormes, lo que también es una molestia si quieres dormir un rato. Llegamos sobre las once de la mañana, y por suerte no hacía demasiado calor. Nos comimos unos bocadillos y salimos de paseo por los alrededores. Mi hermana pequeña se lo pasaba en grande, pero en lo que respecta a mí, eso era una forma estupenda de malgastar un fin de semana.
Pasamos por un recinto, que me llamó la atención, ya que había gente montando a caballo. Parecía lo más interesante que se podía hacer en ese lugar, así que no dudé en pedirle a mi padre que nos acercáramos a ver si podíamos dar el mismo paseo, pero montados a caballo. A él le pareció genial, pero mi madre, que es un poco torpe decidió quedarse en tierra junto con mi hermana, y de esa forma, en veinte minutos ya estábamos listos para salir al galope, aunque yo en mi vida había montado en un bicho de estos, vamos, lo más parecido era un poni, que monté cuando tenía ocho años, en una feria
Por suerte, mi montura era muy mansa, y no me dio problemas de ningún tipo. Caminamos unos cuantos kilómetros, y realmente era una sensación muy agradable, tanto, que me daba un poco de pena por mi hermano, que estaba de excursión con el instituto, e iba a pasar unos días fuera.
La mejor parte fue cuando llegamos a una pradera, bastante amplia y despejada, y no pude evitar soltar un poca las riendas, para acelerar el paso y recorrer toda la pradera a galope. Fue genial: el viento en la cara, la sensación de velocidad, sentir cómo se te acelera débilmente el corazón… era muy emocionante. A punto estuve de caerme, pero solo fue un susto sin importancia, nada que me arruinara la experiencia.
Llegó la hora de comer, y tuvimos que dejar los animales en sus establos. Me molestó bastante, pero me animaba la esperanza de poder volver a montar mañana, o esa misma tarde si lograba escaparme de mis padres y sus aburridas “actividades rurales”.
Pese a todo, se podría decir, que valió la pena en viaje.

La primera vez


Dentro de poco me tocaría a mí, quedaban dos personas. Cada vez me estaba poniendo más nerviosa y no podía relajarme y disfrutar de las obras que tocaban mis compañeros. No era algo nuevo: había tocado en conjunto, con más gente, en alguna audición ya, y también había tocado delante de gente yo sola, pero aún así me ponía siempre muy nerviosa y tensa.

Las manos me sudaban, la viola se me resbalaba y decidí dejarla en el estuche hasta que llegara mi turno, no paraba de mover la pierna y de abanicarme con el programa de mano y estrujarlo.

Miraba a mi profesor de vez en cuando, que no quitaba la vista de la persona que estaba tocando, luego paseé la mirada por el resto de la sala observando las caras de los familiares, amigos y profesores que estaban escuchando con atención aunque un poco cansados ya porque se estaba alargando bastante la audición y hacía calor... ¿o era sensación mía? No sé, el caso es que veía que me iba a equivocar y me iba a salir mal como las otras veces, estaba demasiado nerviosa.

De pronto aplaudió todo el mundo. Había terminado la chica que iba antes que yo. Era mi turno. Me levanté, cogí el instrumento y las partituras, las coloqué en el atril, afiné, miré a la pianista que me iba a acompañar, me sonrió y me tranquilicé un poco, di la entrada y empezamos a tocar.

Mientras tocaba notaba como mis dedos iban solos, no tenía que pensar casi, entonces decidí relajarme más y dejar que pasara lo que tenía que pasar. Sin darme cuenta acabé. No sé si me habría equivocado en alguna nota, pero me daba igual, la gente me aplaudía contenta (no sé si porque lo había hecho bien o porque ya quedaba menos para irse, pero aplaudía). Ya no estaba nerviosa, ahora me podía volver a sentar en mi silla a escuchar cómo acababa el concierto. Estaba feliz. Miré a mi profesor, me sonrió y asintió haciendo un gesto de aprobación.

Ésta fue la primera vez que toqué en el conservatorio en una audición de solista y en la que salí con una sonrisa, porque siempre que había tocado había terminado con una sensación de insatisfacción conmigo misma porque me había equivocado o no había pensado en lo que tenía que pensar o la técnica no me había salido... Por una vez estaba contenta con el resultado y no simplemente con el hecho de habérmelo quitado de encima.

martes, 27 de marzo de 2012

EMPAPADO EN TINTA ROJA


La primera vez que mueres es sin duda la más difícil, en la segunda ya sabes lo que te espera, en la tercera simplemente cierras los ojos y te mueres y a partir de la quinta te sobra tiempo incluso para despedirte. Pero la primera vez que mueres con los nervios, el dolor y la angustia se te hace interminable, o al menos ese fue mi caso.


Me encontraba en una redada de narcotraficantes; hace 6 meses pillamos a uno de la banda y habló con cierta facilidad y desde entonces estuvimos buscando pruebas que respaldaran el alegato del camello y que a su vez culparan a todos los miembros de la banda y hoy era el gran día. Era de noche ya pasadas las 2 de la madrugada, entramos por la puerta trasera con el mayor sigilo posible, pero ya nos esperaban, solo oía tiros y a gente gritar -¡quietos, soltad las armas! decía uno de mis compañeros -¡quítamela! respondía un narco rápidamente. Mi misión era la más arriesgada, detener al cabecilla, que desde luego no era fácil. Tenía la sensación de que cuanto más cerca estaba del jefe más disparos iban contra mí, a mitad de camino paré detrás de una columna a recargar, ese fue mi mayor error en mi prestigiosa carrera policial. Nada más agacharme para recargar sentí el frío cañón de una pistola apuntándome a la cabeza, y no era ni más ni menos que el narco que estaba buscando ¿irónico no?. Tragué saliva, cerré los ojos y oí un disparo... Mi compañero Mendoza, que en esa misión era mi apoyo, realizó perfectamente su trabajo, disparando en la cabeza al jefe de los narcos y salvándome la vida. Una vez muerto el jefe sus subordinados se rindieron con facilidad, misión cumplida.


Si hubiera podido elegir habría preferido ese momento para morir, como un héroe. Por desgracia mi muerte fue algo más patética, después de aquella misión me tocaba turno como policía de tráfico y paré a un coche con el faro roto ¿os imagináis el final ?. Resultó ser el coche de un camello que en lugar de coger los papeles del vehículo como le indiqué, cogió su pistola de la guantera, me disparó en el pecho y aceleró hasta perderme de vista. Dada la situación no sabía qué hacer, mi mente estaba en blanco pero mi cuerpo esta rojo y húmedo por la sangre que chorreaba por mi pecho; Después de reaccionar y pedir ayuda por la radio sentí cómo poco a poco dejaba de respirar, como el dolor en el pecho se hacía cada vez más grande, cómo mis brazos y piernas dejaban de reaccionar por la falta de riego de sangre y cómo en cuestión de minutos, el asfalto de mi alrededor se llenaba de mi sangre. Sabía que no llegarían a tiempo por muy rápida que fuera la ambulancia; fue lo único que pude sacar en claro en esa dolorosa situación. Aunque me cueste admitirlo, el poco tiempo que tardé en morir y los nervios del momento hicieron que no me acordara de mi mujer y de mi hija, solo pensaba en que iba a morir y esa idea me destrozaba el alma.

Empecé a sentirme cansado, cansado de luchar, cansado de intentar sobrevivir, así que lentamente mientras mi visión se apagaba, mi oído enmudecía y mi cuerpo dejaba de responder, acepté la realidad; me tumbé soportando los dolores que implica recibir un disparo y esperé mi muerte, y aunque fue bastante rápido, sí que me dio tiempo para ver la ambulancia llegar y a los médicos acercarse a mí. Intentaron reanimarme, pero yo sabía que no podían y como no podía hablar simplemente me limité a pensar: ` Adiós, gracias por intentarlo´ . Al terminar de pensar la frase mi corazón se paró y finalmente morí por primera vez.

Mi primera vez que...

           Cuando iba a subir estaba muy nervioso, demasiado. Muchas personas me dicen que es normal y que hay que superarlo puesto que es parte del encanto y del espectáculo. Cuando el presentador dijo nuestro nombre, subimos al escenario. En ese momento ya todo era confuso. Lo más agobiante, en genereal, es la sensación de que vas a hacer algún gesto mal o no vas a saber estar a la altura de lo que se espera de ti, eso muchos lo llaman vergüenza. Muchos no han subido nunca a un escenario, y mucho menos actuando o representado algo, esos muchos no pueden quejarse de tu forma de ser cuando te subes, porque todo el mundo se transforma encima de un escenario.
         Empezamos a tocar todos a la orden del director. En ese momento ya nada te importa, solo te concentras en tocar lo mejor posible, o eso dicen, porque yo desde luego no podía pensar y no podía dejar de tener miedo a equivocarme en alguna nota rápida o peor aún, en una nota larga. Entre una canción y otra siempre intento buscar a familiares o amigos en el público, pero la luz cegadora de los focos no permite a mis ojos fijarse en nada y mucho menos reconocer a nadie. A pesar de que se lo has repetido a tus familiares, siempre tratan de humillarme echándome cumplidos y piropos, aunque ellos no se dan cuenta.
         Lo peor con diferencia de cuando estás subido en el escenario es cuando te presentan, dicen tu nombre y aplauden. Ese momento incómodo en el que no sé cómo comportarme y casi siempre me acaba saliendo un gesto seco o muy ensayado. La mayoría de las veces opto por una sutil inclinación pero no deja de ser difícil aun teniéndolo planeado. Cuando terminé de tocar el último tema, salimos todos del escenario y la relajación irrumpe en tu cuerpo. En ese momento ya no te preocupas de cómo salió el concierto, te preocupas de las sensaciones y de cómo te lo pasaste en el escenario. La verdad es que en muchos de los casos se me hace muy corta la actuación, y aunque haya estado tocando casi una hora, siempre me quedo con ganas de tocar algún tema más. Así que de todas formas mi primera actuación, para un público, en un escenario, no fue tan mala o desastrosa como yo pensé que podría ser.

lunes, 26 de marzo de 2012

Mi primera vez


Empieza una nueva serie de escritos.

Los autores de 4A12 echan la vista atrás, recogen en breves líneas sucesos reales o inventados (¡qué más da!) sobre sus primeras veces y nos las ofrecen.

Veamos qué nos cuentan los artistas.

martes, 6 de marzo de 2012

Relato Carlos García

Eran las 8 de la mañana y como todos los días, a la vez que los rayos del sol iluminaban todas las calles y rincones de nuestra ciudad dorada, yo empezaba mis clases particulares de francés con mi tutor don Gerardo; era un hombre bastante recto y estricto, y no me pasaba una cuando no me sabía la lección. Aquel día volví a quedarme encerrado en el cuarto de estudio recibiendo lecciones de los mejores profesores españoles contratados por mi padre, el Duque de Medina-Sidonia Juan Guzman, un gran noble con muchas posesiones y señoríos en Andalucía, el cual era muy respetado por la aristocracia española. Era un noble de alta casta y muy rico,por lo que una de sus principales preocupaciones era garantizar la permanencia de nuestra familia en tal escalón estamental que ocupábamos desde generaciones; y puesto que yo, Luis de Medina, era su único hijo y, por lo tanto, heredero de la dinastía, quería formarme para convertirme en un gentilhombre de provecho.

Sim embargo yo cada vez estaba más harto de todo aquello, de no tener libertad de movimiento, de ir siempre con guardias por las calles de Sevilla captando la atención del pueblo llano y de recibir clases aburridas e interminables ; yo quería ver cómo era la vida sin ataduras, pudiendo caminar por las calles sin que ningún curioso te mirase , ir a la iglesia solo un día a la semana y poder casarme por amor, y no por sangre; sin embargo mi padre en siempre contestaba lo mismo: “ un hombre poderoso y con influencias como lo serás tú no debe preocuparse y mucho menos envidiar a esos desarapados muertos de hambre” y a esto añadía: “ Luis,en pocos años tu heredarás todo esto como lo hemos heredado todos desde generaciones; serás un hombre con mucho poder, nunca te faltará de nada, y con un poco de suerte puedes llegar a ser valido del rey; por lo que haz el favor y no pienses más en eso; si Dios nos hizo así fue por algo”. En eso tenía razón, pero aun así cada día observaba desde la ventana de mi habitación el jugar de unos mozos ; estaban sucios y vestían ropas rotas, pero parecían muy felices. A lo lejos divisaba la silueta de las casas y la torre de Giralda, cada vez más oscura por las garras de la noche, entonces comprendí que todo aquello debía cambiar.

Mi padre y yo tuvimos bastantes discusiones sobre el famoso tema los días posteriores, las cuales se fueron agravando a medida que pasaba el tiempo hasta que un día la actitud de mi padre cambió radicalmente:

“Puesto que no hay quien te saque esa idea de la cabeza me veo obligado a que la sociedad te la extirpe de raíz; a partir de mañana te mudarás y trabajarás en la ciudad como un campesino más” me dijo, y esa fue la última vez que le oí hablar. Y tenía razón, los meses que pasé trabajando como aprendiz de curtidor fueron los más duros de mi vida; la poca higiene hacía de aquel taller un verdadero infierno, y las herramientas rudimentarias fueron las responsables de mis posteriores problemas respiratorios. Fuera del taller, la cosa no marchaba mucho mejor; me tocó vivir en una pensión de mala muerte, en donde había muchos maleantes y mendigos que se agarraban al cuello de aquel que poseía unos recursos económicos ligeramente mayores a los normales.Cada vez más gente era llevada ante la justicia por evasión de impuestos, ya que su constante subida era impagable para la gran mayoría de gente pobre, y a veces sientía una gran tristeza al ver a guardias llevandose consigo a familias enteras.

Todo aquello me hizo reflexionar, sentía la necesidad de hacer algo por toda esa gente,pero si por ahora solo era un humilde curtidor que ganaba una miseria.Sin embargo unas semanas después recibí una horrible noticia: mi padre había muerto, y por lo tanto al ser yo su heredero me convertía en el nuevo Duque de Medina.Aquello no era para nada de mi agrado ya que yo aún era muy joven y no sabía cómo actuar, y me amargaba más el hecho de no haberme podido despedir de él; pero entre tanto pesimismo me surgió una disparatada idea que, aunque disparatada, podría resolver los problemas de aquella sociedad desigual: convertir Andalucía en un reino similar al antiguo Reino de Aragón, en donde yo ocuparía el trono, pero compartiría el poder con unas cortes, las cuales podrían contar con dos representantes del pueblo llano.

Tras un año de planificaciones,negociaciones,sobornos y perfeccionamientos con algunos oficiales ,el plan estuvo listo y, agravado por las insurrecciones en comunidades vecinas decidimos adelantar la fecha del golpe, comunicándoselo a la Capitanía General de Málaga (desde la que se iniciaría el levantamiento) mediante el envío de una carta urgente; pero de nuevo la suerte me dejó de lado, ya que la carta fue interceptada por un guardia real el cual cargó contra el cartero creyendo que este era un bandido, la enseñó a sus superiores y estos la enviaron a Madrid; las tropas del rey no tardaron en llegar y presentarse en mi señorío, llevándome preso a mí y a mis allegados al Alcazar de Segovia acusados de alta traición; de nada sirvieron las manifestaciones de los campesinos sevillanos indignados por aquel arresto, los cuales fueron duramentente reprimidos por las autoridades.

Durante los siguientes días fui sometido a toda clase de torturas y vejaciones (que me han dejado cicatriz) hasta el día del juicio, con Su Majestad y su valido presentes; mi final era evidente para todos, puesto que era lo mínimo que se podía esperar para alguien que había cometido semejante acto.Pero entonces Dios me dio una segunda oportunidad; gracias a las influencias que mi padre llegó a tener y al prestigio deshonrado de mi familia, Su Majestad Felipe de Austria( seguramente agobiado por todos los problemas por los que pasaba nuestro imperio) me condenó a destierro en el Nuevo Mundo para el resto de mi vida, y gracias a eso hoy os cuento mi historia; la de un noble adelantado a su tiempo.