Era
invierno, un frío invierno, y yo paseaba por las calles de Madrid en dirección
a mi destino, la joyería de al lado de mi casa. A decir verdad, no tenía mucha
idea de hacia dónde estaba yendo, es más, juraría que di tres o cuatro vueltas
a las mismas calles con tal de hacer un poco de tiempo. Iba pensando mientras
pisaba los duros adoquines de las calles, pensaba en el día que todo había
comenzado. No me acuerdo muy bien cómo ni por qué decidí hacerme aquel pendiente.
Me acuerdo solamente de la cara de mi madre al pedirle, con mucho tacto, su
consentimiento. Se lo había tomado con mucha calma, ahora que me acuerdo.
Volviendo a mi historia, decidí que era el momento de superar mis miedos.
Ciertamente, nunca me han gustado mucho las agujas, por no decir que siempre
les he tenido un terror tremendo, hasta el punto de quedarme paralizada con la
simple idea de que me tenía que agujerear la oreja. A medida que pasaba el
tiempo, mientras lo perdía, mejor dicho, paseando por la calle, me daba cuenta
de que mi historia era de lo más irónico, pues había sido idea mía el hacerme
un agujero. Os preguntareis por qué, pues porque sí es una de las razones,
aunque claro, según el resto de la población el famoso “porque sí” no tiene mucho
valor, pero es que realmente no había otra razón, aparte de que me encantaba
como quedaba en otras personas. Además se suponía que al hacérmelo iba a ser en
parte, como una victoria personal; me sentía débil, aunque a mucha gente le
diesen miedo las agujas. Dejé esos pensamientos apartados en mi mente y me
dispuse a dejar la mente en blanco para finalmente decidirme a entrar en la
joyería.
Recuerdo que el primer paso fue el peor, sin duda, pensé que
me iba a caer, pero me sobrepuse a esas ganas de volverme y salir corriendo por
la puerta atravesada hace un momento, pero seguí andando: un paso, otro paso, y
un último paso hasta poder apoyarme en el mostrador de la tienda. Me atendió
una señora que amablemente me dijo que me sentara en una silla en una especie
de sala, al decirle lo que tenía pensado hacerme. La pobre mujer debió de
pasarlo muy mal, porque yo no paraba de repetirme una y otra vez que me pusiera
más calmante. Pero al fin ocurrió. Un pinchazo, un pinchazo enorme pero muy
corto. Abrí los ojos lentamente, y me encontré a la mujer sonriéndome y
sosteniéndome un vaso de agua que me ofreció. Alucinada, me lleve la mano hasta
mi dolorida oreja donde descubrí que había un nuevo pendiente, adornándola.
Contenta, salí de la tienda con una victoria más sobre mí. Para vosotros puede
que no tenga ninguna importancia, pero para mí sí que lo tuvo. Y pienso en la
historia y me río, pensando en lo irónico de mi situación: resulta que ahora
estudio enfermería.